El héroe romántico

Era de tal magnitud la impronta dejada en su ánimo que se preguntaba si algún día ésta desaparecería por completo. Marca de procelosas noches y reflexivas madrugadas, de onerosas diatribas entre el yo y el nosotros y entre la dualidad adolescente del niño que juega a ser adulto. Juegos que se demostraron inocentes de los intereses maduros, que pusieron de relieve que seguía siendo un cándido aprendiz de la vida. Caminaba despacio entre los árboles hoy, sí. Se adentró en las sombras, sin quejas ni lamentos.

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De Sombras y Sonrisas


>> Texto escrito tiempo atrás <<

Mirando hacia el parque, apoyado en el tronco de un árbol rendido, un hombre bueno se encendía un cigarrillo. Al tiempo que sonaba la yesca del encendedor se iluminó el rostro; calado el sombrero a lo antiguo, esa mirada enfatizada por las sombras parecía fijarse en un punto en la lejanía. 
A su diestra, sin duda el río bajaría bravo tras las próximas lluvias que, como si se hicieran de rogar, habían permitido a la tierra endurecerse de tal modo que el torrente se haría inevitable. Como la tos que sobreviene al atragantamiento del sediento, el agua correría sin mirar atrás, sin poder ser aprovechada. El hombre no podía dejar de pensar en la ironía de aquel espectáculo, y en que para cuando ello sucediera nadie sería testigo.
El punto que tras el humo del pitillo se dibujaba en las pupilas de nuestro hombre se movía. Una antigua compañera de aventuras y viajes paseaba cercana a la vera, deteniéndose cada poco para mirar a las nubes, como escudriñando un futuro que sin duda se entremezclaba con su pasado, cuando no miraba al cielo. Él se lo preguntaba desde el día en que marchó tomando el camino del curso, aguas abajo, allá en donde otras orillas abrazaban aquel cauce. Se lo había preguntado incluso cuando estaban cerca el uno del otro.
Tiempo ha, ella había esperado su llegada, mas él no había hecho acto de presencia. Tiempo en el que otras nubes blancas aparecían como únicos huéspedes de aquel lugar. Hoy esas mismas nubes cruzaban las crestas de la sierra cargadas de lluvia, moviéndose pesadamente, cerniéndose despacio sobre el parque. La mujer alzó la vista y se detuvo. El olor de la humedad le produjo inquietud, mas evocaba gratas imágenes, cuando la lluvia resbalaba por su sonrisa. Él aguardaba.

Comenzando a llover, el recuerdo de una promesa por cumplir la dejó vencerse a la tentación de tumbarse bajo las gotas que, poco a poco, empapaban su rostro cada vez en mayor número. El río cobraba vida en la lejanía y su fluir erizó su piel con emociones que creía olvidadas tras tantos años. Sonreía —intuyendo con la milenaria serenidad que la intuición otorga a las mujeres—, todo tenía su orden.

Extinguidas las últimas volutas de humo en el trepidante crepitar de la lluvia contra su sombrero, el hombre se preguntó si el río se desbordaría tras todo aquello, o si sería capaz de conducir aquel torrente sobrevenido; si las márgenes del río asirían la lluvia o la dejarían correr una vez más.

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Un viajero llamado Uyuni



Y levantó la vista y los años de preparación, encarnando el propio viaje desgarrando la piel de su rostro. Si —entre el polvo que levantó al embragar— pudo haber una despedida, ésta quedó para el viento que sopló.
Pájaro que volaba hacia la luz surcando las corrientes de arena, no valiéndose de más alas que las de su propia moto; viendo amaneceres despuntar entre torres de piedra que lo escoltaban. Allá a donde quiera que se dirigiera en aquel tiempo, ese destino solo albergaría el impulso del nuevo trayecto. No era, pues, ese viaje resultado de un final predicho o de una ruta trazada, al contrario: viajaba por necesidad de sí mismo, de verse viviendo en continuo desplazamiento. La moto, como el resto de la impedimenta, era accesoria, si bien esta era su mejor herramienta para vivir.
Se llamaba a sí mismo viajero, a sabiendas de que dicha mención no era más que un ligero disfraz del que zafarse llegado el caso. Se trataba de una especie de pasaporte que le permitía seguir adelante como uno más de los muchos que recorren el mundo en moto. En el fondo él creía que llegar significaba detener el latir del corazón bicilíndrico que lo alimentaba; un corazón doble como dobles son los encuentros en el camino, donde el primer beso esconde el último abrazo, y donde este último supone el primer paso del que decide partir. Se disfrazaba de viajero circunstancial para no detenerse, buscando no querer, deseando ser amante para siempre.
Tiempo después llegaría al Salar de Uyuni. Era época de lluvias, y la inmensa planicie boliviana se encontraba cubierta con un ligero manto de agua. Las nubes se reflejaban en ella como si el mismo cielo hubiese decidido partir también a su propio encuentro. Emocionado, arrancó la moto y se adentró en el salar, perdiéndose en la fina línea horizontal que separaba el doble corazón celeste.

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Viajando

— Y tú, ¿por qué viajas?

— Algunos me lo preguntan, pero no creo poder responder con un porqué.
— Bien, entonces, ¿hacia dónde te diriges?...
— Diría que viajo hacia una proyección de mí mismo.
— ¿Cómo lo haces? 
— Hace unos años aprendí que el cómo es variable. Se puede estar sin sentir, pero no se puede sentir sin estar. Viajo en permanente huida; no me busco, ruedo tras una ilusión que, precisamente por lejana, se mantiene viva. Si me acerco demasiado, huye de mí, no sin antes pasearse distraída. Viajo para llevar la maleta, para no ir a remolque.


En cierta ocasión esa ilusión estuvo a punto de quemarme. La recuerdo porque casi se hizo realidad. Entonces todos esos kilómetros, caminos y puestas de sol, esos rincones desaparecerían para mí, no serían necesarios; sentí miedo. Tiempo después me planteé si me empeñaba en mantener un orden de prioridades que ya no obedecía a mi ser, si era que el viaje había cambiado algo, y si la ensoñación ya no iba por delante mostrando la siguiente curva, sino por detrás de la estela de la moto. Si ya solo viajaba en automático. Qué hacer entonces, me dije. La duda me acompañaría durante un largo trecho. Se sucedieron las fotografías del camino: una aquí, en mi patio trasero de pinares serranos, otra allá, por paisajes más grises y pétreos, en el norte. Precisamente en uno de esos caminos rocosos, no ha mucho, despejé esa cuestión.

Sigo huyendo de mí para encontrarme en un futuro aún por escribir, porque la ilusión del principio vuelve a brillar en la lejanía, de tal manera que puedo seguir sus pasos. No me persigue. Me marca el camino por el que luego llegan los momentos y vivencias que, al caer la noche, repaso como fotografías de diversas edades. Del niño que juega al margen de la carretera, al hombre que se aparta de ella...

A veces miro atrás y no me reconozco, mas miro adelante y aprecio el porqué, el cómo y, sobre todo, el hacia dónde.


— ¿Y el hasta cuándo?
— Imagino que el día que el mundo se contenga en una sonrisa.


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El valle de Valhondillo


Cabalgando la estepa divisa al fondo una silueta que recuerda a una dama dormida. Aprieta el paso y la dama, que no responde a este mundo de los hombres, crece ante él. Guarda el paso de las Edades camuflada tras un halo de espesa vegetación, escondiendo entre los pliegues de su geografía nieblas permanentes y, tras ellas, cientos de árboles de toda condición. Diríase que el tiempo no transcurre entre sus lomas, y que los tejos, tan míticos como venenosos, se enraízan en la tierra con ánimo inmortal, pues muchos de ellos superan los mil años, llegando algunos hasta los tiempos en que el Imperio Romano trazaba sus caminos no lejos de allí.

Avanza el jinete al galope atravesando los primeros arroyos y, al fin, se adentra en la verde espesura. Busca al decano que guarda el valle de Valhondillo pues solo él alberga la respuesta que anhela y… Quién sabe si algo más. Hace lustros que tuvo que marchar, pues él no era sino la sombra de una ilusión de futuro. Una respuesta no pronunciada ante una pregunta por formular, pero que no obstante en cada nuevo amanecer tomaba cuerpo. Por eso se fue. No quiso correr el riesgo de ser una respuesta inconclusa. Atrás quedó ella, su misma deidad inmortal la cual, en el último momento, le confió su propio y largo futuro en forma de anillo; quiso asegurarse de que no la olvidaría. Y él galopó hacia el Oeste perdiéndose tras el horizonte.    

Afronta ya el último quiebro del camino, una vez superada la niebla del valle. El sol colorea el verde de naranja-promesa y todo refulge. Desmonta del caballo y clava la bota en la misma tierra que lo vio nacer, antes de que ella fuera siquiera una sonrisa tras un lienzo. Apurando el sendero se presenta ante el tejo. Resuena la tierra húmeda y huele el frescor de la vida apenas satisfecha, recién alumbrada al mundo emanando del decano y se pregunta, qué extraño hechizo conserva aquel lugar. Terminando de fluir dichos pensamientos roza el anillo una presencia de luz que al poco ciega al jinete. Volviéndose ante aquello queda desarmado, pues todos los ojos de la historia de sus antepasados, de las vidas vividas y por vivir, del tejo y de los seres de Valhondillo se han posado sobre él y, por encima de todos ellos, se perfila ella. En ese momento conserva la pregunta, materializada al fin tres mil leguas atrás, mas la respuesta, deseoso de poseerla, la tiene frente a él.  

Ella, tan frágil y tan poderosa. Ella, tan dueña de sí que se dejó guardar por algo menor que sí misma. Ella, no otra sino la deidad de las crónicas, de la estirpe protectora de todo lo vivo que puebla la creación. Ella, tan bella e inmaculada, tomándolo de las manos y sonriendo.

Nunca una pregunta llegó tan lejos.

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Complejidad


Si, pensando que hoy somos complejos, caemos en la cuenta de que hace años también lo éramos y, aun así, nos sentimos diferentes a entonces, podemos concluir que la diferencia entre nosotros y el mundo quizá no se encontrara en la dificultad de nuestro mundo interior, como en su día creímos.
Puede simplemente ocurrir que seamos conscientes de que no somos tan especiales, que seguramente los demás —y a su manera— experimenten lo mismo, aun de manera imperceptible. Es la broma de la experiencia. Aquella sonrisa sardónica del Destino que pensábamos condescendiente. Y lo mejor es, qué duda cabe, que seguimos cambiando. Mañana no seremos “especialmente complejos”, resultaremos potencialmente capaces de manejar nuestro yo desde nuevas perspectivas. Del joven que se cuestiona al adulto que analiza la madurez prematura con una visión no necesariamente subjetiva. He ahí que podremos ser mejores. Tenderemos a ser “complejos humildes”.
¡Qué irónica secuencia la de clavar los ojos a través de los años y comprobar la relación entre juventud y soberbia! Qué sorpresiva se demuestra la realidad de nuestro ahora, tan, en suma, parecida y tan diferente a la de entonces —pues no somos sino menos soberbios que ayer pero más que mañana—. Y viviendo nuestras contradicciones de ayer saboreamos los matices que nos estaban vedados, disfrutándolos como si fueran hoy y sonriendo aun en los más amargos; el tiempo no sana, enseña a construir andamiajes para emociones que nos engañan por nuestra soberbia. La sencillez con la que podemos mirar atrás y discernir lo que parecía una madeja de pensamiento es la señal del cambio, cuántico si se quiere, por cuanto la única herramienta de la intuición alcanza cotas que estaban lejos del alcance de la razón. No éramos ni somos complejos, solo vivimos construyendo un sentido que tiende a lo simple y que se revela mirando nuestras huellas.  
Como siempre, lo más grande se refugia en lo más pequeño. La intuición no solo advierte, moldea y aclara. Construye nuestro yo iluminando las claves que, en conjunto, simplifican y dotan de sentido a nuestra existencia. Y nunca se detiene. Nos lleva a lo simple, que no es sino decir, con la madurez.   

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El hombre cano y el vaso de leche


El hombre cano tras la ventana miraba sin ver. Sus ojos perdían la verdad ante sí en favor de la imagen paralela de lo que fue. En aparente fuga la realidad, que sin duda existía aunque no fuera tangible, se deslizaba entre las copas de los árboles de la vera del río.
Se trataba de un amanecer de octubre, de esos en los que el frescor de la noche rasa comienza a adueñarse del paisaje, deslizando el ocre de las hojas hacia su aparente fin. La noche anterior se había revelado insuficiente y, con pereza, comenzaba a despedirse al tiempo que él contemplaba cómo la rueda del nuevo día se ponía en marcha. De pie, vaso de leche en mano —tal que en aquel tiempo, mas sin cigarrillo—, sentía tras de sí la atención que penetra de un recuerdo que él creía ya olvidado.
Desviando la mirada de soslayo intuyó la presencia de una forma que, de pura luz, dejaba en sombra lo demás. Bebiendo un sorbo y sin volverse, sintió el frío del vaso de cristal entre sus dedos y éste se expandió por todo su cuerpo como el escalofrío de una certeza inesperada. No parecía estar loco si conjugaba las sombras con el recuerdo y la luz con la sonrisa, y cómo ambos universos del ayer y del frustrado mañana corrían de la mano como entidades únicas. Por eso no se volvió. Porque sabía que aún juntos seguirían separados.          
Volviendo la vista hacia el río los pájaros se arremolinaban caóticamente en torno a las ramas más provechosas; el sol ya despuntaba por su izquierda y teñía de dorado el malva, por lo que el hombre cano, saliendo camino del paisaje que lo rodeaba dejó atrás el frío vaso para respirar el aire del nuevo día. Crujían la tierra y la arena bajo él. Estaba vivo y eso era lo cierto.
Iluminado por la luz del sol, la sombra quedando a su derecha, el ayer detrás. Sonreía.

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Nuevas luces acerca de Carlos Fernando de Austria

Transcripción del artículo escrito por mí acerca de la vida del canónigo don Carlos Fernando de Austria (*1639, +1696), publicado el 2 de enero de 2015 en la revista anual "Nieve y Cieno" de Guadix y comarca.
 
NUEVAS LUCES ACERCA DE CARLOS FERNANDO DE AUSTRIA
Por: Marcelo Fernando Miranda Rivas
Carlos Fernando de Austria, canónigo de la catedral de Guadix, había nacido en 1639 fruto de los amores entre el rey Felipe IV y la vizcaína Casilda Manrique de Luyando y Mendoza, Guarda Mayor de las damas de su primera mujer, la reina Isabel de Borbón. A los pocos meses de nacer, y como era costumbre, fue apartado de su madre y enviado a Flandes a cargo de su tío el Cardenal Infante don Fernando de Austria. A la muerte de éste en 1641 fue llamado criar por el Rey y traído de vuelta a la capital de España, en donde fue mantenido y educado en secreto. Sabíamos que había casado con una madrileña de nombre Francisca Díaz Cabantero, de cuyo seno nacieron tres hijos, uno de las cuales resultó ser una niña nacida en torno a 1668 llamada Mariana Fernando de Austria. Conocíamos también que al fallecer su mujer, Carlos Fernando fue ordenado sacerdote por el obispo de Palacio y enviado a ocupar una canonjía vacante en Guadix. Allí, junto a su hija se instaló en 1691, donde tres años después ésta contrajo matrimonio con Juan Manuel de Cea Carvajal. Carlos Fernando continuó sus labores como canónigo hasta su muerte en la misma ciudad en 1696, antes de conocer a su nieta Francisca, llamada así en honor a su abuela, que nacería en 1701 en Guadix e iniciaría la descendencia accitana del linaje. Estos eran los datos que sabíamos hasta hoy, y que ahora completamos.
La vida de este personaje ha sido tratada en el pasado por diversos investigadores, historiadores, escritores o personas interesadas en nuestro canónigo. Cabe citarse, entre otros, a Carlos Asenjo Sedano, Sergio A. Rodríguez Sánchez, Antonio Enrique, Francisco José Fernández Segura y, muy especialmente, Sergio A. Rodríguez Leyva y Carmen Hernández Montalbán, sin cuya labor el relato de su biografía estaría aún dando sus primeros pasos. Todos ellos han ido poco a poco aportando nuevos y reveladores documentos y datos sobre la vida de Carlos Fernando de Austria que, como no podía ser de otra manera, suscitan hoy un nuevo interés entre sus descendientes e historiadores.
El hallazgo hace unas semanas de un documento inédito ha redoblado los esfuerzos por profundizar en la vida de este “pequeño secreto” de Felipe IV. Se trata del testamento ológrafo del propio Carlos Fernando, que abre nuevas vías y posibilidades de investigación. Una casualidad me llevó a dar con el mismo, al encontrarlo referenciado en una publicación cordobesa de 1954. Gracias a la inestimable ayuda de Sergio A. Rodríguez Leyva, conseguimos ponernos en contacto con el archivo que lo custodia en la ciudad de Córdoba. Entonces no lo sabíamos, pero Córdoba se iba a revelar como uno de los hitos más importantes en la vida del canónigo Austria.
El testamento, otorgado ante el escribano de Córdoba, está fechado el día 20 de febrero de 1690 en dicha ciudad y se compone de siete folios manuscritos por Carlos Fernando. En él se detallan tanto sus últimas voluntades como los acontecimientos más importantes de su vida, aportando nuevos datos que clarifican episodios de los que hasta hoy solo teníamos ciertos indicios. Además, del propio testamento se han derivado otra serie de documentos que ayudan a definir la historia del canónigo. Pasaremos pues a relatar su vida apoyados en los nuevos cimientos hallados.
Felipe IV era un rey apuesto, que además de las funciones de Gobierno gustaba del llamado galanteo con las damas. Fruto del mismo ya había tenido sonados deslices que habían provocado los rumores de la Corte, las iras de la Reina y el alejamiento del niño, si lo hubiere, como sucedió con el conocido Juan José de Austria diez años antes, habido con la actriz María Inés Calderón, y apartado a Ocaña; como bien relató Sergio A. Rodríguez Leyva en este mismo medio el año pasado. También explica cómo Casilda Manrique de Luyando y Mendoza, en estado de temprana viudez, terminó siendo nombrada en 1634 Señora de Honor y Guarda Mayor de las damas de la reina Isabel. El Rey pudo fijarse en ella desde el principio, y por el año 1638, ya con dilatada experiencia palaciega, Casilda debió de ir cediendo poco a poco a las finezas del monarca. Fruto de estos encuentros nació al año siguiente nuestro canónigo, a quien se le bautizó con los nombres de los dos hermanos del Rey: Carlos Fernando de Austria.
Ante tal acontecimiento, y siguiendo la costumbre, se tomó la decisión de alejar al recién nacido, encomendándole dicha misión al hermano del Rey, el Cardenal Infante Fernando de Austria quien, según relata el testamento y memoriales, lo llevó consigo a Bruselas, en los Estados de Flandes, siendo como era Gobernador General de los Países Bajos Españoles. Casilda, apartada de su niño, continuaría ejerciendo su cargo en Palacio. Un escenario que no se alargaría. Corría el año 1641 cuando en el día 9 del mes de noviembre, el Cardenal Infante enferma y muere en el transcurso de una batalla. Ante tal situación a principios de 1642, y siempre según el relato testamentario y del de los memoriales, el niño que apenas tendría tres años, es reclamado por el Rey y traído a la Corte con el fin de ser alimentado y educado con el amparo de la Casa Real.
Sin embargo, el feliz encuentro de Carlos Fernando con su madre Casilda duró unos meses, pues a finales de año ésta debe partir a la Corte austriaca en compañía de su hija Francisca, en calidad de Señora de Honor de la emperatriz María Ana de Austria. En la Corte extranjera, Casilda fue los primeros cuatro años Señora de Honor entre las damas españolas de la Emperatriz, pero al fallecer ésta en mayo de 1646, por Real Cédula fue nombrada Guarda Mayor al servicio de la infanta y futura reina consorte Mariana de Austria, de apenas trece años de edad. En 1649 regresó con el mismo cargo a España, acompañando a Mariana en sus esponsales de Navalcarnero con su tío, el rey Felipe IV.
Pasaron los años y Carlos Fernando maduró y creció. Así, declara en su testamento que contrajo un primer matrimonio en Madrid —que debió producirse entre 1657 y 1661— con doña Isabel Garrido Muñoz, hija legítima de don Alonso Garrido y de doña Isabel Muñoz, vecinos de Huete, Cuenca. Declara asimismo que su mujer no trajo dote alguna a su matrimonio, y que cuando falleció le quedaron muy pocos bienes: “como constará por el inventario que hice de ellos en la Villa de Madrid ante Gabriel Pacheco, Escribano de su Majestad y juez de ella”. De este primer matrimonio, entre los años 1657 y 1665 nació su primer hijo, llamado Francisco Fernando de Austria que, andando el tiempo, sería “religioso agustino calzado de la provincia de Castilla”, que a fecha del testamento tenía su “conventualidad” en el colegio de doña María de Aragón, Madrid. Sin embargo, el matrimonio de Carlos Fernando de Austria con su primera mujer duró poco, pues ésta murió antes de 1665 en Madrid. No es difícil imaginar las dificultades que atravesaría nuestro canónigo. No obstante al año siguiente, en 1666 casó por segunda vez. En esta ocasión se trató de doña Francisca Díaz de Lavandero y Córdoba —escrito indistintamente como Díez de Labandero—, pariente del primer marqués de Torrenueva, e hija de don Jerónimo Díaz de Lavandero, natural de las “montañas de Burgos”, Cantabria, del valle de Cabezón de la Sal, y de doña Juana de Córdoba, natural de Toledo, ambos vecinos de Madrid. Carlos Fernando declaró asimismo que doña Francisca Díaz de Lavandero trajo de dote veinte mil setenta y tres reales, “como constará de la Carta Dotal que a su favor otorgué ante Juan Reales, Escribano de su Majestad y juez de Madrid, de fecha en dicha villa en treinta de enero del año de mil seiscientos sesenta y seis”. De esta manera, Carlos Fernando llega al año 1668 cuando tiene un nuevo vástago, que en esta ocasión se tratará de una niña, a la que llamó Mariana Fernando de Austria en honor y sin duda buscando la protección de la Reina Regente Mariana de Austria, quien tenía muy buena relación con Casilda Manrique de Luyando, su madre, desde los tiempos de la Corte austriaca. Aún tendría un tercer hijo, como declara su testamento, que debió de nacer entre los años 1669 y 1671, y que llamó Antonio Fernando de Austria. Con los años también este hijo varón se haría religioso, en este caso trinitario calzado en el convento de la Santísima Trinidad de Calzados de la ciudad de Córdoba.
El año 1670 será sin duda muy triste para Carlos Fernando. Sabedor de la fragilidad de su madre Casilda, que empezaba a dar muestras de quebranto en su salud, y consciente del incierto futuro que podía depararle al ser hijo natural del fallecido rey Felipe IV, y por tanto medio hermano del desvalido rey Carlos II, en el mes de mayo obtiene una reserva de plaza para su hija Mariana, de apenas dos años, en la iglesia de San Nicolás de Madrid, nombrándola en una de las dotes de la memoria que para remediar huérfanas fundó en dicha iglesia don Juan de Herrera, nombramiento que a su favor hizo el licenciado don Gregorio de Anguiano. Además, años después consiguió con la intermediación del marqués del Carpio la posibilidad de entrar como religiosa en el convento de Jesús Crucificado de Córdoba, en la primera plaza que vacase, si así era su voluntad. De esta manera empezamos a ver la preocupación que sentía Carlos Fernando por el futuro de su hija. Llegó el mes de agosto y su madre Casilda Manrique de Luyando muere en Madrid.
En la ejecución testamentaria de su madre, estudiada por Sergio A. Rodríguez Leyva, aparece nombrado Carlos Fernando como criado de Casilda. Se trataría pues de una forma de poder recibir algo de su madre, en concepto de criado, sin que de esta forma pudiera reconocerse su filiación. A este respecto, conviene apuntar que hasta la muerte de su madre, Carlos Fernando firmaba solo con su nombre, sin el propio apellido Austria, como también vemos en la carta dotal que firmó en el año 1666 a favor de su segunda mujer. En ella, para desviar rumores, se decía ser natural de Alemania. No obstante, su delicada letra puesta de manifiesto en su testamento ológrafo, en sus firmas, y en el testimonio que aparece escrito por él mismo detrás del certificado de defunción de Casilda, indica a las claras su esmerada educación. En este último documento deja entrever ya que la finada era su madre, anotándolo con una abreviatura.     
Con motivo de esta muerte, casado y con tres hijos, en el año 1671 se ve obligado a escribir a la Reina Regente un memorial pidiendo acomodo y ocupación en cualquier asunto que dispusiera Su Majestad. Lo pide en razón de haberse criado con el amparo de la Casa Real y por hallarse en condiciones para cumplir cualquier encargo que ésta pudiera hacerle merced.
El año 1675 constituirá otro periodo de cambios para nuestro canónigo. Su mujer muere en Madrid. Pero Carlos Fernando, antes del fallecimiento de Francisca, obtiene un poder de ella para que, en su nombre, otorgase testamento en Madrid, lo que así hizo ante el escribano de Su Majestad don Jerónimo de Espinosa, quien asistía en el Consejo Real de las Indias, con fecha 24 de abril de 1675. En el propio testamento de Carlos Fernando de 1690, declara que la última voluntad de Francisca está cumplida.
Ante su nueva e inesperada viudedad, en el año 1676 se vio por segunda vez obligado a escribir a la Reina Regente un memorial en atención a su mucha necesidad, y “por no haber tenido efecto cuantos decretos hizo a mi favor Su Majestad”. Nuevamente pide ayuda a la Reina para que mande al Mayordomo Mayor que le ocupe en cualquier asunto. A la vista de este segundo memorial y de lo que el propio Carlos Fernando declara en su testamento, en donde dice que el rey Felipe y la Reina Regente continuaron alimentándole y amparándole, se deduce que este memorial surtió algún efecto positivo en la vida de nuestro canónigo.
Después del año 1677 y en todo caso antes de 1685, Carlos Fernando de Austria es ordenado sacerdote por el obispo de Palacio, Antonio de Benavides y Bazán, amigo de su madre, patriarca de Indias y arzobispo de Tiro. Posteriormente fue enviado por una Real Cédula a Córdoba para ocupar una canonjía vacante en la “Iglesia Real y Colegial del Señor San Hipólito”, hoy llamada Real Colegiata de San Hipólito, instalándose en la colación de San Nicolás. Es en esta ciudad en donde se encontraba, como dijimos, su hijo menor Antonio. Sabemos que el 8 de febrero de 1685 otorgó un poder a favor de Martín Gavilán y Tello para que en su nombre cobrase del Consejo de la ciudad de Málaga 200 ducados que por Real Cédula le había hecho gracia el Rey, “sobre los propios y rentas de la ciudad”. Así, en su oficio como canónigo en Córdoba pasaron tres años más, hasta que en 1688 volvemos a encontrar una referencia suya en la renuncia a la legítima paterna y materna que a 8 de abril del mismo, hizo su hijo fray Antonio ante el escribano público Juan de Paniagua en favor de su hermana Mariana, que por entonces seguía viviendo con su padre. Esta renuncia se sumaría a la que en su día hiciera su hijo mayor, Francisco.  
Llegamos al año 1690. Carlos Fernando debía sentir que le fallaban las fuerzas, tenía 51 años cuando otorgó su testamento en la ciudad de Córdoba el 20 de febrero. En él, hace referencia a su cuidado durante tres años por parte del Cardenal Infante, probándolo con una información que muestra ante “el señor Don Juan del Corral Paniagua, siendo alcalde de la Corte en el oficio de Pedro de Careaga, Escribano de Provincia, y ante Pedro del Pozo, Escribano de su Majestad”. Relata también que su vuelta a España se produjo por mandato del rey Felipe IV y su posterior educación, cuidado y alimentación corrieron por parte del mismo y de la reina regente Mariana. Hace alusión a su fervorosa fe, pide a Dios por la salvación de su alma y manda misas de Réquiem, ordena limosnas, manda cobrar a sus albaceas lo que se le deba, y pagar lo que conste que se debe. Manda también que su cuerpo sea enterrado en la Iglesia de San Hipólito, y que muriendo fuera de la dicha ciudad de Córdoba, se realice allá en donde él tenga cargo u ocupación. Manda además que se digan trescientas misas por su ánima y las de sus dos mujeres, que se manden cien reales para una alhaja que sirva en la sacristía de la iglesia de San Hipólito, que se den tres ducados de limosna a la iglesia donde estuviere, uno a la Fábrica, otro a la Casa Santa de Jerusalén y otro destinado a la redención de los cristianos cautivos en tierras de infieles. En el citado testamento, nombra tutor y curador de la persona y bienes de Mariana Fernando de Austria, su hija, a Nicolás Díaz de Lavandero, oficial mayor de la secretaría de Alcántara y Calatrava y juez de la villa de Madrid, rogando que no se pidan garantías al mismo por constarle a él su calidad, además de ser el tío de su hija. Manda también que, una vez fallecido, se escriba un memorial al rey Carlos II y a la Reina Madre, en el que conste el desamparo y soledad en que quedará su hija Mariana, para que así le hagan merced de dar alguna ayuda de costa para tomar estado. También pide al presbítero canónigo de San Hipólito, Cristóbal Tejero de Almogávar, que cuide de su hija para que esté con la debida decencia en el internado al que se dispone a llevarla su tío. Declara también que deja un libro de “cubierta de pergamino” escrito de su mano y firmado, siendo su voluntad que se cumpla lo que en él se contenga, además de que se cumpla el memorial o memoriales que en su caso y de su mano estuvieren escritos y fueren presentados por dos de sus hermanos canónigos en el plazo de seis días desde su muerte. Ordena que a las criadas y al paje que estuvieran a su servicio al momento de su muerte, se les pague lo debido y dos meses más de ración, además de asignarles ciertos objetos. Para pagar todo lo mandado, ordena a sus albaceas y heredera que dispongan de sus bienes y hacienda, y sobrando algo una vez cumplido, instituye única y universal heredera a su hija, Mariana Fernando de Austria, no llamando a sus dos hermanos a la herencia por tenerla renunciada en su momento. Termina revocando y anulando cualquier testamento, manda o legado escrito con anterioridad a éste. Da fe el escribano de la ciudad de Córdoba, siendo testigos don Antonio de Abendaño, Clérigo Capellán, Alonso de Molina Enciso, Procurador del Número de la ciudad de Córdoba y Francisco Alonso, maestro albardonero, vecinos de Córdoba.
Firma personal de Carlos Fernando de Austria.
Pareciera que nuestro canónigo fuese a morir en Córdoba, sin embargo una Real Cédula de fecha 6 de diciembre de 1690 iba a dar un inesperado giro final a su vida, y con ella se hilvanara su historia en la de Guadix, que no es sino decir, con todos nosotros.
Como decimos, el 6 de diciembre de 1690 se expide Real Cédula con un destinatario, Carlos Fernando de Austria, canónigo de la Iglesia Real y Colegial de San Hipólito de Córdoba, medio hermano del Rey. Muy posiblemente dicha cédula fuera consecuencia de las influencias que don Antonio de Benavides, obispo de Palacio, tenía en la Corte y en el propio Guadix, con fuertes vínculos familiares. Ante tal nombramiento, Carlos Fernando otorgó un poder con fecha 23 del mismo mes, designando al arcediano de la catedral de Guadix, doctor don Francisco Delgado, para que en su nombre tomase colación y posesión de la prebenda que le había concedido el Rey, que no era otra que la de ocupar una canonjía vacante en el cabildo de dicha catedral. Entre tanto y hasta su instalación definitiva en Guadix, pasaron los meses de invierno en los que se detendría en cerrar los diferentes asuntos que le tuviesen ocupado al tiempo de la recepción de dicha Real Cédula.
Con el mes de marzo, llega el día en que Carlos Fernando de Austria por fin llega a Guadix para instalarse. Era el día 7 de marzo de 1691 y con él trae también a su hija Mariana. Unos días más tarde, el 19, tomaba posesión de su canonjía en el cabildo catedralicio, donde desempeñaría sus funciones con gran diligencia, como por ejemplo su mediación ante los orfebres de Córdoba para la adquisición, por parte del cabildo, de la Custodia para la festividad del Corpus Christi, que había sido diseñada por Alonso Cano. En tiempos de su llegada a Guadix, la catedral estaba aún en construcción, si bien la importancia de dicha sede episcopal era y es máxima, por tratarse de la primera diócesis de España, fundada por San Torcuato en la antigua Acci en tiempos de los siete varones apostólicos, de los que él era el primero de ellos, durante el siglo I d.C. Circunstancia que tal vez ponderaría para decidirse a venir a la, de alguna manera, diócesis “primada” de España.
Tres años después, el 20 de febrero de 1694 su hija Mariana casaría en la catedral con Juan Manuel de Cea Carvajal, nacido el 13 de mayo de 1658 en la misma ciudad, hijo de Gregorio de Cea y de María de Cea, y nieto de Gabriel de Cea y Francisca de Palencia.
Finalmente, nuestro canónigo murió a las nueve de la noche del 31 de marzo de 1696 en Guadix, y su cuerpo fue inhumado en la cripta de la catedral. En su acta de defunción se puede leer: “fue muy ajustado sacerdote y de ejemplar vida y costumbres”, y en el acta de entierro se lee: “En dos de abril de mil seiscientos noventa y seis años. Falleció en esta parroquia mayor de la Ciudad de Guadix don Carlos de Austria canónigo de esta Santa Iglesia. Recibió todos los Santos Sacramentos, testó ante don Gabriel de Freile, dejó trescientas misas, le acompañó su cuerpo el Ilustrísimo y Reverendísimo el Sr. Fray Pedro de Palacios (Obispo) y el Deán y Cabildo. Fue sepultado en sepultura propia, dejó por sus albaceas al Sr. Francisco de Estudillo racionero de esta Santa Iglesia y a Antonio de Molina y a Juan Manuel de Cea, herederos: doña Mariana de Austria, su hija. Firma Licenciado don Juan de Freyle, cura”.   
Termina la vida de nuestro ilustre canónigo, mas no su legado, que ha llegado hasta nuestros días gracias a los archivos tan bien y celosamente custodiados en una labor ímproba por parte de todas las personas que acceden voluntariamente a custodiar, ordenar y ayudar a difundir nuestro pasado. Tampoco terminó su legado familiar, pues la descendencia de Carlos Fernando de Austria floreció en esta ciudad de Guadix y ha llegado documentada hasta nuestros días. Desde Mariana Fernando de Austria que, como dijimos, casó en 1694 con Juan Manuel de Cea, y que falleció en Guadix el 12 de septiembre de 1729, dejando por hija a Francisca de Cea, nacida en 1701, cuatro años después de la muerte de su abuelo el canónigo Austria, hasta doña Elena Rodríguez Navarro, nacida en 1858 en Guadix. Cuya descendencia a través de sus hijos Enriqueta, Avelino y Ángel Cánovas Rodríguez puebla y retoña en, entre otros, el mismo Guadix al que, un 7 de marzo de 1691, don Carlos Fernando de Austria saludara desde la distancia. 
 
REFERENCIAS:
Ø  Aguilar Priego, Rafael. Boletín de la Real Academia de Córdoba de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, número 70, año 1954.
Ø  Asenjo Sedano, Carlos, 1979. "Por tierras de Granada". ISBN: 84-85551-14-1
Ø  Rodríguez Sánchez, Sergio Antonio: “Un canónigo de la Catedral de Guadix era hijo de Felipe IV”. Revista “Nieve y Cieno”, opúsculo anual, Guadix, nº 46, año 2001, págs. 111-112.
Ø  Asenjo Sedano, Carlos y Asenjo Fenoy, María Dolores, 2004. “Nobleza y Heráldica en Guadix”. Editorial Port Royal, ISBN: 84-89739-63-3
Ø  Enrique, Antonio, 2009. ”La espada de Miramamolín". Editorial Roca, ISBN: 978-84-92429-77-6
Ø  Hernández Montalbán, Carmen, 2013. "Sangre de Reyes". Periódico "Ideal", Granada. 12/01/2013, página 22.
Ø  Rodríguez Leyva, Sergio Antonio: "La madre del canónigo Austria". Revista "Nieve y Cieno", opúsculo anual, Guadix, nº 60, año 2014, págs. 93-107.
Ø  Rodríguez Leyva, Sergio Antonio: “Antepasados del canónigo Austria: fallecimiento y entierro de su madre”. Periódico “Wadi As”, Guadix. 12/04/2014
Ø  Memoriales de Carlos Fernando de Austria. Archivo: Sección Nobleza, Archivo Histórico Nacional. Signatura: OSUNA, CT.286(BIS), D.7
Ø  Testamento de Carlos Fernando de Austria. Archivo Histórico Provincial de Córdoba, Protocolos, oficio 39, tomo 20, folio 41.
Ø  Poder de Carlos Fernando de Austria a favor de Martín Gavilán y Tello. Archivo Histórico Provincial de Córdoba, Protocolos, oficio 1, tomo 130, folio 49.
Ø  Poder de Carlos Fernando de Austria a favor del arcediano Francisco Delgado. Archivo Histórico Provincial de Córdoba, Protocolos, oficio 39, tomo 20, folio 276.
Ø  Renuncia a la herencia por parte de fray Antonio Fernando de Austria. Archivo Histórico Provincial de Córdoba, Protocolos, oficio 7, tomo 101, folio 9.
Ø  Nombramiento como canónigo de Carlos Fernando de Austria, 19/03/1691. Archivo diocesano de Guadix.
Ø  Acta de defunción de Carlos Fernando de Austria, 31/3/1696. Archivo capitular de la catedral de Guadix, libro 24, número 3009.
Ø  Expediente de defunción de Carlos Fernando de Austria, 02/04/1696. Archivo diocesano de Guadix, libro sexto de bautismos, desposorios y defunciones 1688-1710, parroquia del Sagrario de Guadix.

 
Presente artículo: Miranda Rivas, Marcelo Fernando: "Nuevas luces acerca de Carlos Fernando de Austria". Revista "Nieve y Cieno", opúsculo anual, Guadix, nº 61, año 2015. ISSN: 1697 - 1647
 
 

 
  

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Caminando despacio


Caminaba despacio, entre los árboles que, de un modo u otro, siempre parecían interponerse en el sendero por el que un día decidió adentrarse para perder de vista, quizá, atardeceres hoy ya lejanos. Llevaba consigo una pequeña maleta, lo justo que necesitaba para apretar el paso si terciaban los recuerdos en forma de quiebros del camino. Vestía ligero, ágil manera de seguir adelante descubierta a los pocos días del comienzo de esta historia, cuando reparó en que demasiadas capas de ropa le impedían despojarse del calor y de la época que pretendía dejar tras de sí, pese a los fríos que prometían aparecer. Apenas sí llevaba un reloj que, dando la hora al son del tic tac impulsaba el corazón de nuestro protagonista. Era un reloj acerado pese al poco peso que importaba, aluminio cepillado por el paso del tiempo. Un reloj que no marcaba el presente, sino que prometía en permanente singladura un futuro que por más que llegase, no se instalaba. Continua promesa del errante porvenir que nos envuelve. Anhelo, en fin, de asir el mañana y dejar viejas aspiraciones aparcadas en uno de aquellos quiebros.

Pese al camino recorrido no sentía un alivio significativo, si acaso una ligera distracción momentánea que le permitía dar unos pasos libre de las motivaciones que precipitaron dicha decisión. Era de tal magnitud la impronta dejada en su ánimo que se preguntaba si algún día ésta desaparecería por completo. Marca de procelosas noches y reflexivas madrugadas, de onerosas diatribas entre el yo y el nosotros y entre la dualidad adolescente del niño que juega a ser adulto. Juegos que se demostraron inocentes de los intereses maduros, que pusieron de relieve que seguía siendo un cándido aprendiz de la vida. Caminaba despacio entre los árboles hoy, sí.

Si de algo había servido el sendero era para poner en valor las enseñanzas de sus antepasados que, uno de esos días, acertó a descubrir prestos a echarle una mano con el relato de sus memorias. Historias de amores, decepciones, intereses y pasiones, de miedos y huidas, pero también de valor, de grandeza y sabiduría derramada con sus actos y recogida hoy en unos humildes legajos archivados en el bosque. Enseñanzas que parecían reverdecer el camino con su respaldo y que daban esperanza. Nuestro protagonista no dejó de reparar en esa circunstancia. Esperanza manada del vacío y de la ausencia de quienes protagonizaron historias. Podía haber un final del camino diferente al preconizado en origen.

Pese a ello caminaba despacio, saboreando ahora un pasado tan poderoso que capaz era de dotar al presente de sus valores y enseñanzas. Si el pasado y la marcha de los que le precedieron proyectaban luz que empoderaba, podía haber esperanza en su propia historia. En esas cavilaba nuestro errante viajero. Quizá su propio pasado y lo que dejó atrás también gozase de tal característica, puede que su propia ausencia posibilitase la germinación del desenlace que siempre había buscado. Y no estaría delante, sino tras él. Pese a todo continuó caminando contumaz en sus pasos, convencido de que una intuición no bastaba para desandar el camino.    

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El linaje agnaticio familiar: Miranda

Comienza aquí una serie de entradas exponiendo parte de nuestra genealogía. Aparecerá primero, como no podía ser de otro modo, nuestro linaje agnaticio. La ascendencia genealógica de la rama Miranda de nuestro linaje. 


MIRANDA

1) Significado: Apellido de origen asturiano. Pasó a Galicia, Castilla, País Vasco, Aragón, Navarra y América. Se tiene por fundador de este linaje a don Alvar Fernández de Miranda, caballero que gozó de la confianza del Rey don Ramiro I, hasta el punto que influyó poderosamente para que el citado monarca se negara a pagar a los moros el tributo de cien doncellas cristianas con el que, en el año 783, el usurpador del trono, Mauregato, había comprado la alianza y ayuda de Abderramán I. Fue también uno de los guerreros que más valientemente combatió en la memorable batalla de Clavijo entre los ejércitos de don Ramiro y los de Abderramán y cuyo resultado fue la abolición de tan odioso tributo impuesto a los reinos de Asturias y León. Sobre ese tributo, entendemos de interés reproducir aquello que escribe Tirso de Avilés: "Y parece que los Concejos de Cangas y Tineo debían por su rata –parte proporcional- cinco doncellas hijasdalgo y llevándolas cinco moros a quien se habían entregado, en la ribera del río Sil; viniendo de romería de Santiago, un Álvaro Fernández de Miranda, se hincaron las doncellas, de rodillas ante él, pidiéndole las librase de los moros, el cual entró en batalla con ellos y los mató y libró a dichas doncellas y las volvió a sus padres y de allí se fue al Rey don Ramiro, pidiéndole de merced que no se pagasen de allí en adelante aquellas cien doncellas, mediante ser un menosprecio de la honra de Dios y suya, y a esto le ayudaron entre otros caballeros dichos, Ponce de León. Por ánimo suyo, el Rey don Ramiro, juntó a su gente y salió de León contra los moros, los cuales ya venían contra él por haber negado dicho tributo y en la villa de Clavijo fueron vencedores los de don Ramiro con la ayuda del apóstol Santiago que milagrosamente apareció en la batalla, como cuenta la historia del Rey don Ramiro I y fue redimido el tributo. Y en memoria de esto se hace una fiesta de las doncellas en la ciudad de León, día de Nuestra Señora de Agosto. Y por esta batalla de dichos cinco moros, de los cuales libró a las doncellas el tal Miranda, fueron dadas por armas a los de Miranda y a los Ponce de León las cinco doncellas".

2) Casa solar: Nuestro linaje agnaticio o de varonía constatado documentalmente se remonta al siglo XIV. Tiene su origen y casa solar en la Merindad de Río Ovierna, en Quintana Ortuño, Burgos, desde donde los miembros más antiguos del linaje partieron hacia las ciudades más importantes de Castilla, Burgos y Valladolid. Reproduciremos aquí parte del estudio que don Luis de Roa y Ursúa realizó a mediados del siglo pasado.

3) Armas: De gules, cinco bustos de doncella puestas en sotuer, y cuatro veneras de plata puestas en cruz; en orla dos sierpes de sinople con las cabezas y colas cruzadas, en el jefe aquéllas y éstas en la punta.

4) Antepasados: Este linaje comienza con Lope García Salón, señor en la Merindad de Río Ovierna en 1341. Destacamos que el apellido Salón proviene del arroyo de este nombre que bañaba extensos territorios de esta familia. Y el de Paz, palabra que va a figurar en el escudo nobiliario de los Miranda, proviene de los montes de Paz por una batalla que allí tuvieron los de este apellido. Posteriormente adoptarían el apellido Miranda de la mujer de uno de nuestros ancestros, Gonzalo García Salón de Paz y de Lerma. Así, los Miranda Salón continuaron su tránsito por la Historia, hasta que uno de ellos, Pedro de Miranda Salón, llegó a Baza, y los Miranda de ahí pasaron después a Gor y Guadix.

I. Lope García Salón (17º abuelo de Jesús Miranda Cánovas). Era natural de la Merindad de Río Ovierna, de donde fue señor e hijodalgo en 1341. Tuvo a:

II. Juan García Salón (16º abuelo). Caballero   muy    poderoso.  Señor de la Casa y de la dehesa de Salón en  Quintana  Ortuño, Merindad de Río Ovierna. De tanta autoridad   gozaba  que  él  era quien  allí  componía  los  bandos  y  ordenaba   las  treguas. Vivió en tiempos de don Juan I y de don Enrique II.

III. Fernán García Salón (15º abuelo). Del linaje y solar más antiguo  de la región, según informaciones en la Real Chancillería de  Valladolid, contrajo matrimonio con doña Inés de Paz y Laloó, que era de solar y hacienda en Villaverde de Peñahorada, Río Ovierna. Estos de Paz tenían en la ciudad de Burgos casas principales en la calle de las Armas, inmediatas al castillo. Éstas se incendiaron luego en el  cerco que los Reyes Católicos pusieron a dicho castillo. Poseían su capilla de enterramiento en Santa María la Blanca, a mano derecha como se entraba. Había sobre él dos estatuas, bultos yacentes de alabastro, guerreros del linaje, capilla fundada por Pedro Mazuelo de Paz, Capitán del Duque de Borgoña. Las armas de Salón fueron un cuartelado, en el 1º y 4º de oro y cuatro bandas de sinople, y 2º y 3º un águila coronada.

IV. Gonzalo García Salón de Paz (14º abuelo). Contrajo matrimonio con doña Inés de Lerma, de antiguo linaje en Castilla, y señora de Villaverde de Peñahorada, próximo a Burgos. Tuvieron a:

V. Gonzalo García Salón de Paz y de Lerma (13º abuelo). Nació antes de 1420 en Burgos y falleció en 1482. Tuvo grado de Licenciado en Leyes y gozó de alta reputación en Castilla. Contrajo matrimonio con doña Constanza de Miranda, hija del Doctor Miranda, vecino de Medina del Campo, capitán del duque de Borgoña, y luego en Burgos inquisidor del Santo Oficio, previas las informaciones de limpieza de sangre de rigor. Gonzalo es conocido en la Historia como el “Licenciado de Burgos, el viejo”, o también, el “Licenciado de la Cadena”, en atención a que siempre lucía sobre su pecho una hermosa cadena de oro, regio presente que le otorgó Enrique IV en gratitud por haber reconciliado con él al infante don Alfonso. Gonzalo moraba en Valladolid, en casa inmediata a la de las Aldabas donde naciera Enrique IV, y era parroquiano de San Salvador. Poseía mucha hacienda en Wamba, Gratón, Cigales, Cabezón, Villaverde de Peñahorada y en Quintana Ortuño, origen de nuestro linaje. Murió en Valladolid en 1482 y se le enterró en el convento de San Francisco, sito en la Plaza Mayor, al pie del altar de San Antonio, cuya hermosa escultura se admira hoy en el museo de la ciudad. Tuvo con Constanza de Miranda:

VI. Pedro de Miranda Salón (12º abuelo). Natural de Valladolid, regidor de esta villa, señor de la Casa y heredamiento en Villaverde de Peñahorada, que vendió a don Pedro López de Padilla, adelantado mayor de Castilla. Murió en Valladolid el 21 de junio de 1523. Casó con doña Isabel de España y Castillo, fallecida el 3 de enero de 1508 en Valladolid, hija legítima de Simón de España y de Constanza Martínez del Castillo. Sepultados en San Salvador, pasaron más tarde, en 1577, a la capilla de Miranda que se construyó en el convento de San Francisco, en el arco segundo del lado del Evangelio, por mandato testamentario de un hijo de ellos, el abad de Salas. Hijo de Pedro y Constanza, distinto del abad, fue:

VII. Pedro de Miranda Salón y España (11º abuelo). Vecino de Valladolid, ganó ejecutoria de hidalguía en 1558. Fue regidor de Valladolid. En 1547 fundó mayorazgo en la villa de Mojados. Contrajo matrimonio con doña Inés de la Bandera, hija legítima de Antonio de la Bandera y de Ana López del Águila. Fueron parroquianos de Santiago, Valladolid. Tuvieron, entre otros, a:

VIII. Pedro de Miranda Salón (10º abuelo). Vecino de Valladolid, donde fue bautizado el 25 de noviembre de 1545. Pasó a Andalucía, más concretamente a Baza, Granada, de donde fue corregidor y reformó en 1592 el ayuntamiento, donde existe placa con leyenda y el escudo heráldico de Pedro de Miranda Salón. Desconocemos el nombre de su mujer, mas tuvo a:

IX. Pedro de Miranda (9º abuelo). Natural de Baza. Casó el 7 de octubre de 1618 con Ana Martínez de Ábalos. Empadronado hijodalgo en Baza en 1638. Falleció en 1657 en la misma ciudad. Tuvo por hijo a:

X. Miguel de Miranda (8º abuelo). Había nacido el 18 de septiembre de 1634 en Baza. El 1 de octubre de 1653 casó en Baza con María Marín, hija de Alonso Marín y de Melchora de Almeida, casados en Baza el 12 de marzo de 1630, y muerta Melchora en 1663 en el mismo lugar. Miguel de Miranda murió en Baza en 1684, dejando por hijo, entre otros, a:

XI. Lucas de Miranda y Marín (7º abuelo). Nació en Baza en torno a 1655. Desconocemos el nombre de su mujer. Tuvo por hijo a:

XII. Máximo de Miranda (6º abuelo). Nació en Baza en torno a 1680. Casó con Antonia Zurana. Engendraron a:

XIII. Tomás Luis de Miranda (5º abuelo). Nació el 20 de diciembre de 1702 en Baza. Era cirujano. El catastro de Ensenada nos dice que vivía en Gor junto a su mujer e hijos. Su mujer era Ana María García-Villapalacios. Tuvieron tres hijos, de los que sigue Juan Ramón:

XIV. Juan Ramón Miranda García (4º abuelo). Nació en Gor el 13 de febrero de 1739, y fue bautizado el 21 de dicho mes. En 1793 aparece en diversos documentos siendo cirujano, como su padre. Casó el 28 de enero de 1772 en Guadix con Rosa Ruiz del Peral y López. Tuvieron a:

XV. Tomás Victoriano Miranda Ruiz (3º abuelo). Nació el 24 de marzo de 1784 en Guadix, y fue bautizado dos días después con los nombres de Tomás Victoriano Cayetano Antonio. Fue escribano, notario y corregidor de la ciudad de Guadix. Murió el 1 de junio de 1845, se le hizo funeral en la Iglesia de Santiago y se enterró en la bóveda del Carmen de la Iglesia de San Francisco. Casó muy joven, a la edad de 16 años en 1803, con María Dolores Aguilera Duarte. Tuvieron a:

XVI. José María Miranda Aguilera (2º abuelo). Nació el 21 de junio de 1805 en Guadix, en la casa que tenían sus padres en la calle de la Botica (Requena Espinar). Fue bautizado como José María Ramón Luis. En 1809 se mudan a la casilla de Santa Ana, probablemente la de la calle Carrasco. Casó a las diez de la mañana del 28 de junio de 1830 en San Agustín con Joaquina García Casas. Joaquina había nacido en 1805 en Guadix, y era hija de Joaquina Casas Sánchez, quien murió el 21 de febrero de 1845. José María enfermó, y sufrió dos operaciones a cargo del cirujano don Miguel Valero, la primera el 15 de mayo de 1831 y la segunda el 7 de octubre de 1857. Murió a las once menos cuarto de la noche del 23 de septiembre de 1858, a los 53 años. Su mujer murió años más tarde, en 1873. De su matrimonio nació:

XVII. José Antonio Miranda García (abuelo de Jesús). Nació el 3 de septiembre de 1838. En la familia es llamado “Papá Miranda” debido a que de él surgieron distintas ramas Miranda que en ocasiones entroncaron entre sí, como en el caso de nuestra madre. El 1 de octubre de 1842 comienza a asistir a la escuela de Oliva. El 25 de enero de 1847 pasó a la escuela de Antonio Aguilera. El 14 de enero de 1850 estudia Gramática con Tomás de Ávila y en julio con Mariano Córcoles. El 23 de agosto de 1847 se compró un piano por 280 pesetas. El 25 de febrero de 1848 comenzó las clases de piano. El 21 de mayo de 1850 se confirma. Mismo mes y año se confirmaría con los mismos padrinos la que sería su esposa Clotilde Muñoz. El 17 de diciembre de 1852 recibe a cargo del obispo Juan Arbolí la primera tonsura, pero el dos de junio del año siguiente deja de asistir al coro por, según dice, causa legítima. Casó el día de San Sandalio de 1857 en Guadix con Clotilde Rosa Muñoz Porcel. Falleció en Guadix el 3 de marzo de 1906. Tuvo nueve hijos, pero solo seis llegaron a adultos. Entre los hijos, fueron dos de los que descendemos:

XVIII. A) María Catalina Miranda Muñoz (madre de Juan Bautista Casas Miranda, abuelo de nuestra madre). Nació el 17 de junio de 1858. Casó con Juan Ramón Casas Gallardo. Murió a los treinta años, en 1888.

XVIII. B) José María Miranda Muñoz (padre de Jesús). Nació el 3 de mayo de 1874 en Guadix. Era propietario. Casó en diciembre de 1891 con Enriqueta Cánovas Rodríguez. Murió el 4 de agosto de 1950 en Guadix. Tuvieron seis hijos, entre ellos nuestro abuelo, que sigue:

XIX. Jesús Miranda Cánovas (nuestro abuelo). Nació en 1892 en Guadix. Se licenció en Derecho en Granada y fue inspector del cuerpo general de policía en la misma ciudad. En 1922 casó en Guadix con Angustias Laó Fernández, con la que tuvo tres hijos, entre ellos nuestro padre, Torcuato Miranda Laó. Murió el 23 de julio de 1936 en Guadix durante los primeros días de la guerra civil.

XX. Torcuato Miranda Laó (nuestro padre). Nació el 8 de abril de 1935 en Guadix. Se licenció en Derecho en 1957 y accedió al cuerpo de intervención de la Armada, retirándose con el empleo de Coronel. Casó en 1964 con María del Carmen Rivas Casas, con la que tuvo siete hijos:

XXI.
  • Ana Patricia Miranda Rivas
  • Carmen María Miranda Rivas
  • Torcuato José Miranda Rivas
  • Jesús Miranda Rivas
  • Rafael Miranda Rivas
  • María del Rocío Miranda Rivas
  • Marcelo Fernando Miranda Rivas

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En clave de dos, Guadix

Al caer la noche, la Tierra se alboroza en un anhelo. Es la humedad marina viniendo. Al otro lado de Sulayr, hacia el Sur, ésta se encarama cual escalador en busca de su objetivo. Nunca las barreras físicas fueron óbice para el encuentro entre dos elementos tan distintos. Agua y Tierra. La y Él, no siendo ya sino ELLA. Truena en las cumbres en señal de lo que está por venir.

El calor de la tierra anima a la humedad en su búsqueda, una lo siente, otro la aspira. Abajo, el tiempo parece detenerse cuando lo que está en juego es la magia de la dualidad creadora. La Tierra vibra cuando al Agua se encuentra, y el escalofrío la recorre vereda abajo. Despacio, con delicadeza, el agua comienza a deslizar desde lo alto antes de abrazarla. Poco a poco, la escorrentía da paso al torrente entre los montes y las ramblas, que un día llamarán de Cea y Galamar. El Agua, donde la Tierra la abraza, nunca en otro lugar sino allí, en aquel momento en donde la primera va esculpiendo con suavidad a la segunda. Cíclicamente las venidas colman de sensaciones a la Tierra, la llenan de vida en cada oquedad, de tal modo que con el tiempo surgirá la creación de su encuentro en la memoria futura de sus próximos moradores.

El estruendo de su unión colma la suavidad anterior, y todo se acelera en pos de un final imaginado durante eones, mas nunca vivido. El clímax, imbuido del nómada espíritu, llega como de improviso. El Agua, torrente de la lluvia, enfila el Wadi. La Tierra respira y cobra vida durante el encuentro, moldeada, amasada como si el Demiurgo la estuviera observando, y adopta nuevas formas que le recordarán el encuentro, vibrantes y llenas de emoción. Todo aquel que pose mañana su fina mirada entre sus pliegues entenderá, al fin, lo que en ese momento ocurre.  

Testigos de excepción serán en el futuro los vecinos y paseantes de Wadi As, no otra sino Guadix, ELLA. Río de vida, pues fruto del encuentro de esta noche será. Y con su nombre homenajeará a aquellos dos jóvenes elementos que una noche se encontraron tras los convencionalismos, al abrigo de Sulayr.  

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Papeles en el viento


Los papeles revolotean al viento, en círculos, como vórtices de la voluntad arbitria del mismo. He visto esa imagen y pienso. De dónde sale, qué es lo que ocurre para que me lleve a preguntar por ella. Es acaso un ardid de la ilusión, o por el contrario metafórica certeza; la del tiempo.

Pienso, como digo, en ello al compás de las notas de un tiempo pasado, que por voluntad esta noche revivo. Lo traigo al presente como muestra del deseo de la perpetuidad de su huella. El compás del giro del papel marca el tempo necesario, entre vuelta y vuelta, de las preguntas que en este momento se amontonan en mí. ¿Pueden las personas cambiar si éstas no lo desean? Acaso semejan estas dudas la desesperanza de un hombre, o son, por el contrario, luz refulgente de la experiencia. Puede que ambas deban ir de la mano esta noche si deseo responder, o es posible que puedan, y no deban. Que las dudas ante desesperanza o experiencia se resuelvan con una posibilidad en lugar de un fatídico destino.

Me decanto por rechazar esta última opción, y orientarme hacia la posibilidad. La vida no deja de ser, en este momento, revisión de determinismo. Por tanto, si desesperanza y experiencia pueden o no ir de la mano, existe la posibilidad de una nueva reflexión. ¿Pueden las personas cambiar si éstas no lo desean? La pregunta se repite, mas ahora suena diferente, por cuanto que alejando la desesperanza, la experiencia toma el control de la cuestión. ¿Y qué alega? Que la voluntad, firme reflejo del YO, es capaz de generar, de imaginar mundos, de crear realidades intrínsecas al ser que se aboca al enconamiento. La voluntad del no, de negar el cambio porque es éste precisamente quien amenaza la construcción de la voluntad, es lo que empuja a pensar, como papel que en vórtice gira tendiendo al infinito, en la posibilidad de una respuesta negativa a esta pregunta.
La voluntad, según Frankl, empujaba a los hombres hacia la salvación o hacia su perdición; tendería ésta a ser decisiva. Pues bien. Así es. Para bien y para mal, la voluntad nos define como personas, y solo de nosotros depende domarla para tender y crear, para aprender y soñar, para crecer y cambiar, como papeles en el movimiento perpetuo de la existencia.   

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La ceguera del alcotán

El teniente Diego Rivas llevaba cartas de una joven llamada Laura, estudiante de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. No eran cartas de amor, pero el teniente Rivas no perdía las esperanzas, así que las guardaba dobladas y envueltas en plástico en el fondo de la mochila. Al caer la tarde, después de un día de marcha, cavaba su pozo de tirador, se lavaba las manos bajo una cantimplora, desenvolvía las cartas, las sostenía con las puntas de los dedos y se pasaba la última hora de luz cortejándola. Imaginaba románticas acampadas en las verdes dehesas del sur de España. A veces deslizaba las yemas de sus dedos por los márgenes de las cartas, porque sabía que sus manos se habían detenido allí. Por encima de todo, deseaba que Laura lo amara como él lo hacía, pero en sus cartas, por lo general alegres, no se atisbaba alusión alguna a nada que tuviera que ver con el amor. La muchacha era muy optimista, tanto que a veces pareciera rondar la ingenuidad, el teniente estaba casi seguro de ello. Años atrás había viajado fuera del país para estudiar y aprender inglés, y hablaba bien de la vida, de sus profesores, de su perro, y de sus vivencias cotidianas. Eso al teniente lo hacía volar por inexplorados senderos, lejos de las minas, del frío, del sudor, y de las caminatas por inhóspitos lugares. Citaba versos con frecuencia; nunca mencionaba la guerra, salvo para decir: “Diego, cuídate”. Las cartas aparecían amarillentas, como si los miles de kilómetros que los separaban tiñeran de atardecer el contenido de las mismas, como si las envolvieran en una especie de melancolía de hechos nunca vividos. Estaban firmadas “con amor, Laura”, pero el teniente Rivas comprendía que “amor” era solo un modo de despedirse, y no significaba lo que él a veces quería creer. Cuando empezaba a caer la noche, devolvía las cartas con cuidado a la mochila. Lentamente, un poco distraído, se levantaba y deambulaba entre sus hombres revisando las posiciones; después, en plena oscuridad, regresaba a su pozo y vigilaba la noche mientras se preguntaba si Laura sería ingenua.

Los días se sucedían entre interminables reconocimientos y esperas. Además del equipo reglamentario, todos llevaban diverso material como complemento. El sargento Alberto Ramos llevaba tres pares de calcetines como precaución contra el pie de trinchera. El soldado Rubén Linares no movía una hoja sin la pequeña Biblia que le había regalado su madre. Óscar Márquez, que no olvidaba fácilmente, llevaba siempre papeles de reserva para anotar cualquier suceso, hasta que le pegaron un tiro en la cabeza y no llegó a tiempo de terminar su última libreta. Todos eran conscientes de eso, de que la muerte podía sobrevenir sin avisar. “Pam”, y dejabas atrás todas aquellas montañas, y humedades, y ríos interminables, y noches estrelladas semiocultas tras la vegetación. Todos lo sabían, pero callaban. Incluso en los breves momentos posteriores después de que Márquez dejara de escribir, y el sargento Ramos acabara con el pequeño soldado responsable mediante una eficaz descarga. Nadie habló cuando lo transportaron a través del bosque, ni cuando lo izaron hacia el helicóptero que se lo llevó.

Aquella noche, el teniente mandó instalar el campamento en la ladera de una colina, al borde de la línea de bosque, con un verde prado a sus pies, y una razonable barrera vegetal a la espalda que los protegía. A la espalda. Todos cargaban algo en ella, pero unos más que otros, se decía. Él, además de la vida de sus hombres, clavaba los ojos a través de su memoria y la sonrisa de Laura lo fijaba al mañana. Eso era algo complicado en aquellos parajes. Portaba consigo una única fotografía de ella. Lucía una media melena sujeta por apenas un lazo, la piel tersa y blanca y ojos color miel, y según descendía la mirada unos labios entreabiertos que desafiarían en misterio a la propia Gioconda. Aparecía descansada en el marco de una puerta, con el codo izquierdo apoyado en él; en el reverso rezaba “con amor”, pero él no se hacía ilusiones. No al menos hasta que no volara de regreso a España, y el presente hubiérase tornado en pasado, donde el crujir de los pasos, dados como autómata sin futuro sobre los cristales rotos, fuesen apenas una pesadilla. La imagen mostraba también su muñeca izquierda. El teniente recordaba aquella muñeca. La había tenido entre los dedos de su mano una noche de septiembre en la sierra de Madrid. Fue en una plaza a oscuras, y Laura llevaba una chaqueta de cuero que se abría en los puños, durante los fuegos artificiales de las fiestas de aquel pueblo en el que se conocieron, mucho antes de ese momento y de ese prado verde que se tendía ahora a sus pies. Fue entonces, durante los últimos fuegos y el ruido de las explosiones, cuando rozó aquella muñeca. Ella se volvió y le dirigió una mirada compungida que le hizo retirar la mano, pero siempre recordaría el tacto de aquella chaqueta y de la muñeca que escondía. Recordaba haberse despedido de ella con un beso en la puerta de su coche, casi con prisa. Debería haber hecho algo valeroso. Debería haberla llevado en brazos hasta su cuarto, atarla a la cama y tocar su muñeca toda la noche. Debería haberse arriesgado. Cada vez que miraba aquella fotografía se le ocurrían nuevas cosas que debería haber hecho.

Meses más tarde la mañana amaneció gris. En la guerra, el tiempo parece transcurrir al margen de los amaneceres que se vislumbran. Los días se convierten en segundos, cuando son el tiempo necesario para reaccionar ante una emboscada en la que nadie pronostica más allá del latido acelerado de su corazón, o pueden parecer años, si el tedio de la guardia y los mosquitos se instalan en el mismo. El soldado Rubén Linares opinaba que la guerra era un juego de movimientos en el que los humanos creían tomar el papel de dioses, pero el teniente Rivas ignoraba cuánto de Dios habría en aquel juego. Sólo sabía de la certeza de saberse muerto a cada instante. Como en aquella ocasión. Comenzaron a moverse de la posición en fila india, entre los arrozales. Llevaban puesto el poncho que los protegía de la humedad y avanzaban lentamente. Linares se adelantó a reconocer el terreno más allá de unas pequeñas rocas que obstaculizaban la visión, y en segundos saltó hacia lo alto de aquellas rocas entre humo y calor. Calor. Nunca olvidaría el calor que golpea la cara cuando estalla una mina, y todo se vuelve negro y cientos de esquirlas vuelan en todas direcciones, como cortando la negrura, como tarjetas de visita de Caronte. Y después: silencio… y Laura. Laura, y silencio. Pensaba en todo ello el teniente días más tarde. La guerra. Era difícil recordar buena parte de ella, pese a estar copados por la misma. Trataba de escribir a Laura una carta de esperanza, pero a cada idea le seguía la imagen de Márquez agarrando el lápiz tendido en el suelo, o la de Linares saltando hacia las rocas. El acto de recordar se convierte en una especie de reacontecer. Márquez escribiendo al sol, Linares prestándose voluntario para reconocer el terreno y después desapareciendo. Así que una vez más desistió, y trató con todas sus fuerzas de que su amor por ella cruzara el océano limpio y no se diluyera jamás, pues ella era la única razón, ella era su propio y singular juego de dioses.

Una cruz apareció pintada en la puerta de una choza y el teniente avanzó hacia ella. Era una cruz limpia, blanca, similar a las cruces que ornamentaban cada esquina del pueblo que dejó atrás un día, cuando el atardecer marcó la dirección que él mismo seguiría al día siguiente, embarcara, y se plantase de nuevo ante la cruz de ese lugar, lejos de él, y de Laura, lejos de la memoria. La cruz lo mantuvo por unos instantes anclado en aquel punto, como tratando de recordar escenas de un pasado que ya no estaba seguro de haber vivido, que más parecía una pesadilla abrumadora y violenta que de tanto en tanto, cada noche, lo atenazaba. La choza aparecía desierta y el teniente, volviendo en sí, convino en que aquel lugar sería adecuado para montar el puesto de observación, distante apenas unas millas del frente del que se habían alejado días atrás. Y entonces sucedió. Surgió de la nada y el tiempo se detuvo. Llevaba un par de horas escasas en el puesto cuando el muchacho abrió la puerta, iluminando la estancia en la que el teniente se encontraba. Quizás fue un acto reflejo, o quizás no. Quizás la guerra se trataba de eso, de dejar en casa la razón y cargar en el petate apenas una dosis de reflejos. El desconocido se detuvo helado antes de caer fulminado. Se trató de una caída fría y seca, desprovista de todo. No hubo tiempo para pensar, el teniente —o la guerra— no lo permitió. Cayó a los pies de la cruz blanca, sin tiempo de hacer o decir nada más. El fusil del teniente aún humeaba cuando éste reaccionó para acercarse al chico. Tendría apenas veinte años, puede que menos, y por supuesto no era un enemigo. Yacía con la última expresión que acertó a mostrar tan pronto como abrió la puerta y la luz, seguida de la oscuridad, lo envolviera. Una expresión de sorpresa y miedo encima de un cuerpo grácil y atlético, acostumbrado a moverse con soltura por aquellos parajes que lo vieron nacer. Seguramente su madre esperaba que algún día prosperase, que abandonara aquel lugar en donde su familia llevaba desde hacía generaciones para estudiar en la ciudad. Seguramente, se dijo, el chico de la cruz blanca era ingenuo.


Esa noche el teniente no pudo dormir. El recuerdo de lo sucedido clavaba su mirada a través de las estrellas, fijando su alma, y la de todos sus hombres a cada una de ellas, como tratando de agarrarse a un infinito en donde se encontraría con Laura. En la duermevela de la ensoñación, la guerra parecía detenerse y sólo quedaban en el cielo unas pocas nubes blancas livianas. Pero el teniente lo sabía, ya era consciente de ello apenas sí pisó aquella región. Sabía que algún día volvería sobre sus pasos y, caminando entre los helechos, dejaría a un lado a Márquez con su libreta, y a Linares y a sus rocas, y al chico de la cruz blanca, no siendo ya sino un hombre. Todos lo mirarían cuando se encontrase con Laura. En ocasiones, el sudor frío lo sorprendía recitando de memoria las palabras que ella había dejado escritas en aquellas amarillentas páginas, e imaginando que la tomaba de la muñeca. 

Posted by Marcelo Miranda | | 0 comentarios