La ceguera del alcotán

El teniente Diego Rivas llevaba cartas de una joven llamada Laura, estudiante de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. No eran cartas de amor, pero el teniente Rivas no perdía las esperanzas, así que las guardaba dobladas y envueltas en plástico en el fondo de la mochila. Al caer la tarde, después de un día de marcha, cavaba su pozo de tirador, se lavaba las manos bajo una cantimplora, desenvolvía las cartas, las sostenía con las puntas de los dedos y se pasaba la última hora de luz cortejándola. Imaginaba románticas acampadas en las verdes dehesas del sur de España. A veces deslizaba las yemas de sus dedos por los márgenes de las cartas, porque sabía que sus manos se habían detenido allí. Por encima de todo, deseaba que Laura lo amara como él lo hacía, pero en sus cartas, por lo general alegres, no se atisbaba alusión alguna a nada que tuviera que ver con el amor. La muchacha era muy optimista, tanto que a veces pareciera rondar la ingenuidad, el teniente estaba casi seguro de ello. Años atrás había viajado fuera del país para estudiar y aprender inglés, y hablaba bien de la vida, de sus profesores, de su perro, y de sus vivencias cotidianas. Eso al teniente lo hacía volar por inexplorados senderos, lejos de las minas, del frío, del sudor, y de las caminatas por inhóspitos lugares. Citaba versos con frecuencia; nunca mencionaba la guerra, salvo para decir: “Diego, cuídate”. Las cartas aparecían amarillentas, como si los miles de kilómetros que los separaban tiñeran de atardecer el contenido de las mismas, como si las envolvieran en una especie de melancolía de hechos nunca vividos. Estaban firmadas “con amor, Laura”, pero el teniente Rivas comprendía que “amor” era solo un modo de despedirse, y no significaba lo que él a veces quería creer. Cuando empezaba a caer la noche, devolvía las cartas con cuidado a la mochila. Lentamente, un poco distraído, se levantaba y deambulaba entre sus hombres revisando las posiciones; después, en plena oscuridad, regresaba a su pozo y vigilaba la noche mientras se preguntaba si Laura sería ingenua.

Los días se sucedían entre interminables reconocimientos y esperas. Además del equipo reglamentario, todos llevaban diverso material como complemento. El sargento Alberto Ramos llevaba tres pares de calcetines como precaución contra el pie de trinchera. El soldado Rubén Linares no movía una hoja sin la pequeña Biblia que le había regalado su madre. Óscar Márquez, que no olvidaba fácilmente, llevaba siempre papeles de reserva para anotar cualquier suceso, hasta que le pegaron un tiro en la cabeza y no llegó a tiempo de terminar su última libreta. Todos eran conscientes de eso, de que la muerte podía sobrevenir sin avisar. “Pam”, y dejabas atrás todas aquellas montañas, y humedades, y ríos interminables, y noches estrelladas semiocultas tras la vegetación. Todos lo sabían, pero callaban. Incluso en los breves momentos posteriores después de que Márquez dejara de escribir, y el sargento Ramos acabara con el pequeño soldado responsable mediante una eficaz descarga. Nadie habló cuando lo transportaron a través del bosque, ni cuando lo izaron hacia el helicóptero que se lo llevó.

Aquella noche, el teniente mandó instalar el campamento en la ladera de una colina, al borde de la línea de bosque, con un verde prado a sus pies, y una razonable barrera vegetal a la espalda que los protegía. A la espalda. Todos cargaban algo en ella, pero unos más que otros, se decía. Él, además de la vida de sus hombres, clavaba los ojos a través de su memoria y la sonrisa de Laura lo fijaba al mañana. Eso era algo complicado en aquellos parajes. Portaba consigo una única fotografía de ella. Lucía una media melena sujeta por apenas un lazo, la piel tersa y blanca y ojos color miel, y según descendía la mirada unos labios entreabiertos que desafiarían en misterio a la propia Gioconda. Aparecía descansada en el marco de una puerta, con el codo izquierdo apoyado en él; en el reverso rezaba “con amor”, pero él no se hacía ilusiones. No al menos hasta que no volara de regreso a España, y el presente hubiérase tornado en pasado, donde el crujir de los pasos, dados como autómata sin futuro sobre los cristales rotos, fuesen apenas una pesadilla. La imagen mostraba también su muñeca izquierda. El teniente recordaba aquella muñeca. La había tenido entre los dedos de su mano una noche de septiembre en la sierra de Madrid. Fue en una plaza a oscuras, y Laura llevaba una chaqueta de cuero que se abría en los puños, durante los fuegos artificiales de las fiestas de aquel pueblo en el que se conocieron, mucho antes de ese momento y de ese prado verde que se tendía ahora a sus pies. Fue entonces, durante los últimos fuegos y el ruido de las explosiones, cuando rozó aquella muñeca. Ella se volvió y le dirigió una mirada compungida que le hizo retirar la mano, pero siempre recordaría el tacto de aquella chaqueta y de la muñeca que escondía. Recordaba haberse despedido de ella con un beso en la puerta de su coche, casi con prisa. Debería haber hecho algo valeroso. Debería haberla llevado en brazos hasta su cuarto, atarla a la cama y tocar su muñeca toda la noche. Debería haberse arriesgado. Cada vez que miraba aquella fotografía se le ocurrían nuevas cosas que debería haber hecho.

Meses más tarde la mañana amaneció gris. En la guerra, el tiempo parece transcurrir al margen de los amaneceres que se vislumbran. Los días se convierten en segundos, cuando son el tiempo necesario para reaccionar ante una emboscada en la que nadie pronostica más allá del latido acelerado de su corazón, o pueden parecer años, si el tedio de la guardia y los mosquitos se instalan en el mismo. El soldado Rubén Linares opinaba que la guerra era un juego de movimientos en el que los humanos creían tomar el papel de dioses, pero el teniente Rivas ignoraba cuánto de Dios habría en aquel juego. Sólo sabía de la certeza de saberse muerto a cada instante. Como en aquella ocasión. Comenzaron a moverse de la posición en fila india, entre los arrozales. Llevaban puesto el poncho que los protegía de la humedad y avanzaban lentamente. Linares se adelantó a reconocer el terreno más allá de unas pequeñas rocas que obstaculizaban la visión, y en segundos saltó hacia lo alto de aquellas rocas entre humo y calor. Calor. Nunca olvidaría el calor que golpea la cara cuando estalla una mina, y todo se vuelve negro y cientos de esquirlas vuelan en todas direcciones, como cortando la negrura, como tarjetas de visita de Caronte. Y después: silencio… y Laura. Laura, y silencio. Pensaba en todo ello el teniente días más tarde. La guerra. Era difícil recordar buena parte de ella, pese a estar copados por la misma. Trataba de escribir a Laura una carta de esperanza, pero a cada idea le seguía la imagen de Márquez agarrando el lápiz tendido en el suelo, o la de Linares saltando hacia las rocas. El acto de recordar se convierte en una especie de reacontecer. Márquez escribiendo al sol, Linares prestándose voluntario para reconocer el terreno y después desapareciendo. Así que una vez más desistió, y trató con todas sus fuerzas de que su amor por ella cruzara el océano limpio y no se diluyera jamás, pues ella era la única razón, ella era su propio y singular juego de dioses.

Una cruz apareció pintada en la puerta de una choza y el teniente avanzó hacia ella. Era una cruz limpia, blanca, similar a las cruces que ornamentaban cada esquina del pueblo que dejó atrás un día, cuando el atardecer marcó la dirección que él mismo seguiría al día siguiente, embarcara, y se plantase de nuevo ante la cruz de ese lugar, lejos de él, y de Laura, lejos de la memoria. La cruz lo mantuvo por unos instantes anclado en aquel punto, como tratando de recordar escenas de un pasado que ya no estaba seguro de haber vivido, que más parecía una pesadilla abrumadora y violenta que de tanto en tanto, cada noche, lo atenazaba. La choza aparecía desierta y el teniente, volviendo en sí, convino en que aquel lugar sería adecuado para montar el puesto de observación, distante apenas unas millas del frente del que se habían alejado días atrás. Y entonces sucedió. Surgió de la nada y el tiempo se detuvo. Llevaba un par de horas escasas en el puesto cuando el muchacho abrió la puerta, iluminando la estancia en la que el teniente se encontraba. Quizás fue un acto reflejo, o quizás no. Quizás la guerra se trataba de eso, de dejar en casa la razón y cargar en el petate apenas una dosis de reflejos. El desconocido se detuvo helado antes de caer fulminado. Se trató de una caída fría y seca, desprovista de todo. No hubo tiempo para pensar, el teniente —o la guerra— no lo permitió. Cayó a los pies de la cruz blanca, sin tiempo de hacer o decir nada más. El fusil del teniente aún humeaba cuando éste reaccionó para acercarse al chico. Tendría apenas veinte años, puede que menos, y por supuesto no era un enemigo. Yacía con la última expresión que acertó a mostrar tan pronto como abrió la puerta y la luz, seguida de la oscuridad, lo envolviera. Una expresión de sorpresa y miedo encima de un cuerpo grácil y atlético, acostumbrado a moverse con soltura por aquellos parajes que lo vieron nacer. Seguramente su madre esperaba que algún día prosperase, que abandonara aquel lugar en donde su familia llevaba desde hacía generaciones para estudiar en la ciudad. Seguramente, se dijo, el chico de la cruz blanca era ingenuo.


Esa noche el teniente no pudo dormir. El recuerdo de lo sucedido clavaba su mirada a través de las estrellas, fijando su alma, y la de todos sus hombres a cada una de ellas, como tratando de agarrarse a un infinito en donde se encontraría con Laura. En la duermevela de la ensoñación, la guerra parecía detenerse y sólo quedaban en el cielo unas pocas nubes blancas livianas. Pero el teniente lo sabía, ya era consciente de ello apenas sí pisó aquella región. Sabía que algún día volvería sobre sus pasos y, caminando entre los helechos, dejaría a un lado a Márquez con su libreta, y a Linares y a sus rocas, y al chico de la cruz blanca, no siendo ya sino un hombre. Todos lo mirarían cuando se encontrase con Laura. En ocasiones, el sudor frío lo sorprendía recitando de memoria las palabras que ella había dejado escritas en aquellas amarillentas páginas, e imaginando que la tomaba de la muñeca. 

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La Mar

La mar, desafío permanente, fiera, pero amiga, resulta desde tiempo inmemorial reclamo de la persona que, en virtud de sus deseos e intereses, decide adentrarse en las aguas para surcar sus derrotas y arribar al puerto que sí misma escoge. Al exceso y desafío que supone, el Hombre ha sabido dar —con su libre albedrío y voluntad— cumplida respuesta en toda Edad y Tierra toda, como la Historia demuestra y el Hoy evidencia. La influencia de la mar en el devenir del Hombre toma forma en el análisis que A.T. Mahan realiza en su obra "Influencia del Poder Naval en la Historia, 1660-1783", obra plenamente vigente en tanto que dominar la mar, ese elemento excesivo y hostil, es controlar el futuro. Un hombre es, por tanto, y más allá de condicionantes o diferencias, dueño de su Destino si por tal se tiene, si su ánimo no desmerece a sus sueños.

La mar pues, en su eterno vaivén, encierra la clave del éxito terrenal de todo Hombre y toda Nación, a resultas de que la libertad que ofrece posibilita —y no condiciona— los nuevos horizontes que la Humanidad siempre ha deseado para sí. Es, de ese modo, partícipe en mayor o menor medida de todas las vicisitudes que se presenten en la Historia.

Y una voz se alza en la lejanía:

¡Hombre libre, tú siempre amarás la mar!

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Sobre escritores y mazmorras


"¿No se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee? Esa breve dudilla se me ofrece por hoy, y nada más. Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído...".

El amigo Larra no andaba desencaminado cuando —ya en su época— dudaba de la utilidad de la pluma. Una tesitura a la que todos, en mayor o  menor medida, llevamos enfrentándonos desde que se difundiera el uso de la imprenta, y con ella se generalizaran las letras. El problema aparece irremisiblemente después de una temporada poniendo negro sobre blanco una parte de ti mismo, de disfrazar con la retórica muchas vidas y experiencias. Momentos plasmados —reales— que de otro modo no existirían. Llega el día en que te lo preguntas: ¿sirve de algo, acaso me comprenden? Caes después, inexorablemente, en retorcidas aseveraciones entre el ser y el no ser, que no es sino decir entre uno mismo, o la fachada que implica el ribete del nombre de un autor; en este caso, tú.

El problema va mucho más allá del alcance que puedas llegar a tener. Eso es lo de menos. Puedes conseguir llegar a millones de personas de diferentes partes del globo, ser traducido a veinte idiomas que, aún así, te preguntes lo mismo, ¿sirve? El acto de la escritura, como expresión artística, implica bastante más que unos números fríos. Lo que todo escritor acaba por preguntarse en alguna ocasión se reduce a si las personas que ama —y en menor medida los desconocidos que posan sus manos por sus escritos— lo “comprenden”. Ésa espectacular razón inconsciente, y no otra, es la mecha que prende y empuja a todo ser humano hacia la expresión creativa. Así, puede llegar la conclusión de que se escribe para desahogar, para soltar en un cajón de papel y cartón los sentimientos, emociones, vivencias o aventuras. De que, en fin, la escritura acaba siendo un grito al viento escuchada por unos pocos capaces de “comprenderla”.

Los hechos y conclusiones expresados por el autor, aun respondiendo a un factor irreal fruto de la creatividad del mismo, son en buena medida hijos de la experiencia, a resultas de que el mismo no sería él sin el camino que dejó atrás, y que lo conformó como persona, como un individuo singular que enmascara los recuerdos con metáforas y personajes. Por desgracia, son escasas las veces en que esto es entendido por el lector, quien observa con ojos glaucos tan solo una historia rubricada tras un título y un nombre o un seudónimo que lo enmascara. Un creador, en resumen, vaciado, desprovisto de su ser, travestido en “canal”. Es comprensible por otra parte que resulte ser así. La mente humana se acerca a lo desconocido tendente hacia la fantasía o la suposición. Por ese motivo no sorprende que el autor, a ojos del conjunto de receptores, no sea nada más que visto como el medio catalizador que hace posible el propio vuelo a través de unas experiencias noveladas y urdidas en la obra.

De ahí, imagino, las inquietudes que ya Larra sentía al decir lo que dijo. La vida de un escritor anónimo —o pintor, escultor, romántico en fin— puede desembocar en esos breves momentos de melancolía, en los que se añore la felicidad del niño que un día se fue; de un pasado arropado y protegido en su totalidad. Y es que él, al descubrir hoy al mundo su caja fuerte —la propia vida reflejada en sus personajes—, corre el riesgo de ser cosificado paradójicamente por expresar y ser más humano. El miedo, la inquietud, la duda de la despersonificación por parte de un receptor que no conoce la historia del autor puede conducir al mismo a un más que probable ánimo decaído, y considerarse máquina que pulsa teclas con mayor o menor precisión.


Pero es entonces, en esas horas bajas, cuando se obra el milagro y el guiño de la intuición pasa de puntillas sobre el hombro del abatido quien, apenas si viéndola desaparecer en la niebla, puede acertar a comprender que lo verdaderamente relevante en la vida del romántico no se sea llegar a dejar huella en un ente anónimo llamado audiencia sino, bajando la mirada, encontrar los referentes que desde un principio siguieron ahí; en quienes y por ellos, puede sostener los pasos que lo encaminan hacia el futuro. Los referentes apuntalan con su existencia los vaivenes del camino. Con ellos, en el viaje romántico o en nómada singladura, el escritor se buscará a sí mismo en una permanente fuga, pero habrá “Triunfado” ante sí mucho antes de poder siquiera perder la vista.

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Una ilusión imperfecta


Cuánto tiempo. O no. El instante es el primero, mas el transcurrir entre los sucesivos momentos difiere en definitiva con lo que se me antoja. El ahora, como hecho, es nada. No obstante lo es todo, por cuanto que lo vivido permanece, el porvenir espera para acontecer… y nosotros caminamos. Lo más grande resulta de una acumulación de diferentes pequeños instantes, como si el río no fuera tal sino una suma de sus gotas. Y sin embargo fluye.

Esa especie de suma maestra que conforma la ilusión que llamamos consciencia —como progresión aritmética— no puede ser irrefutable, pues de serlo anularía un hecho: la constatación de que en la vida, como en los sueños, la realidad se dota de una “chispa” que lo cambia todo. Y vemos que no es así. Todo difiere.

La simetría aparente es difusa, no hay blancas ni negras, ni siquiera una gama de grises comprendida entre ellas. Las personas, como hechos singulares, administran con su existencia la inmortalidad que se intuye si disociamos perfección y simetría, entre curva y círculo.

Nada, como comprobamos, es idéntico a lo anterior, ni las gotas antes mencionadas, ni mucho menos las personas. Por ello, se vuelve necesario reflexionar si, en la diferencia, pueda hallarse el secreto de que el instante irreal del presente transfigure la imperfección, vistiéndola de gala, preparándonos para el mañana.

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Ya disponible para su libre descarga.

No son motivo de mi afán el éxito o la fama, por lo que he subido el archivo (pdf) a Megaupload para su libre distribución. Tan solo, quizás, espero que a todo aquel que se anime a echarle un vistazo, éste le sea ameno y provechoso; tanto como fue para mí el escribirlo. Ha sido y es un alivio -como siempre lo fue- comprobar que el trabajo y el esfuerzo allanan el camino que todos recorremos, y ayudan a hacer del mismo algo por lo que abrir cada mañana los brazos al mundo.

Éste es el enlace: http://db.tt/gUPSkS4p

Muchas gracias a todos.

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Desde el Bauprés



Por fin, tras muchos meses de esfuerzo y por qué no decirlo, de espera, puedo decir que el trabajo ha finalizado.


Hoy es día muy especial para mí, y por ello quiero presentar las tapas de la que será mi "ópera prima".


A falta de unos pequeños ajustes, éste será el resultado.


Un saludo y gracias por el interés.


Marcelo.

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Ensayo 2011


En vista de que tengo el blog bastante abandonado, diré que me encuentro desde hace tiempo enfrascado en la culminación del ensayo que ideé hace más de un año, del cual expuse aquí parte de su prólogo, y que pretendo presentar a los Premios Literarios de la UCM de 2011.

La finalidad que persigo no es la de ganar el primer premio, sino la de poder rematar al fin un proyecto que nació con ilusión y que tras múltiples y diversas vicisitudes no pude culminar.

Es por ello por lo que no puedo evitar cierto sentimiento de nostalgia cada vez que visito este blog y no puedo colgar ningún escrito nuevo, pero las circunstancias mandan y la meta ya se vislumbra.

Así pues, pido disculpas a todo aquel que siga o haya entrado aquí buscando novedades. Unas novedades que pronto llegarán.

Un saludo a todos.

Malatesta.

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Noviembre

El primer día de la semana se escapa por la ventana. Es ocho de noviembre, hace frío y el cielo es gris. Ante nosotros se vislumbra una semana oscura; la culminación —para bien o para mal— de varios años de incertidumbre. Noviembre: cruce de avisos y caminos que el Destino nos ha puesto en medio de la nada, tal si se tratara de una especie de luz para conciencias despiertas, desperezándose entre la cotidianeidad y el pulso contra la crisis. Son tiempos de cambio y de reajuste en lo personal y en lo colectivo. Asisto —con permanente sorpresa— a una serie de inquietantes acontecimientos que no parecen desembocar en algo provechoso. La mencionada crisis va mucho más allá de la simple quiebra económica de un sistema, sino que extiende sus tentáculos por todo occidente, despojándolo de las referencias que hasta la fecha le han permitido seguir latiendo. Nos vemos inmersos en otra quiebra —la de los valores, y no precisamente económicos— que relativiza al futuro e ignora el pasado amparándose en el ahora, consecuencia sin duda de los desasosegados días que atravesamos.

Me siento y enciendo un cigarrillo. Las volutas enturbian el ambiente, siendo éstas cruel símil de la cegada realidad que la sociedad constituye al desayunar cada mañana.

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Es la hora


A la diestra una sombra ríe al tiempo que se pone en pie…





…y Malatesta me tiende el acero.

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Nothing happens

No pasa nada. Debe de ser algo innato en el ser humano dar más importancia de la necesaria a temas banales. El modo de vida, cultura, acciones, provocan que a menudo se sitúen ciertas menudencias en la cota de lo insalvable. Nos fijamos en chorradas y olvidamos lo sustancial, vivir sin miedo.

No controlar nuestro alrededor genera incertidumbre, y ésta desemboca en el miedo. A menudo, algunos —la mayoría— hacen un mundo de cualquier nimio contratiempo, discusión, o desavenencia. He podido comprobar —yo mismo fui uno de ellos— que las personas se disgustan y sufren por pequeñas cosas secundarias que no deberían ocupar más espacio en nuestro ánimo del que reside entre dos palabras; no importa. Casos que hacen flaquear el aplomo como, por ejemplo, la histeria al descubrir una mancha en el vestido antes de una fiesta, y por ende pensar que van a ser infravalorados si no cumplen los requisitos que la moral establecida dicta sobre lo “adecuado”; o torturarse pensando si el novio ha dicho esto o aquello con sus amigos, obviando el disfrute que supone compartir voluntariamente su vida con él. En ambos casos están desviando la mirada de lo verdaderamente fundamental, que no es sino disfrutar del fin en sí mismo —la fiesta, o la carrera de larga distancia que implica una relación—. Supone visualizar la vida siendo consciente de que el todo es mayor que la suma de las partes. Si pensamos así, sabremos estar por encima de cualquier escollo que se nos presente. Ampliaremos horizontes.

En otras ocasiones vuelven a sufrir —o a pensar más de lo debido— dando significación no ya a algunos contratiempos, sino a “lo que se supone que debe ser”. Me estoy refiriendo a fijar referencias que deben cumplirse para que lo que tenemos entre manos funcione. Pongo por ejemplo otro caso muy común: pensar que una relación sin sexo no se disfruta, y que la falta de éste o su poca presencia implica que “algo falla”. Es evidente que el sexo es valioso y nunca está de más, pero, si inconscientemente marcamos un mínimo, estaremos dando prevalencia al número en lugar de al acto en sí. Dicho de otra manera, erraremos el tiro; no viviremos “la” relación, sino que viviremos “para” la relación.

De igual modo y por alguna extraña razón, muchos de los de antes tienden a mitificar el sexo otorgándole unos atributos que le son ajenos. A un acto de cariño entre dos personas que deciden compartir algo más que un buen rato, se lo engrandece como si fuera tabú, como algo cuasi prohibido en donde las palabras normalidad y natural no pudieran existir. Así mismo y por ese motivo existen infinitas barreras psicológicas en torno a él. Pero eso nos llevaría muy lejos…

Todo lo anterior se trata con ejemplos, pero la idea principal subyace:

— Vive tu vida y aquello en lo que creas como un todo.
— No pasa nada, deja de preocuparte y saborea el ahora.

Pero es igual, porque cada cual obra según su parecer, y así ha sido siempre. Por eso esta reflexión final no puede albergar sino el fomento de la individualidad de las personas, el ánimo al librepensamiento y la condena hacia toda clase de alienación de la voluntad o dogmatización de la conducta.

Por ello, animo a todo aquel que lea estas letras a que por encima de todo sea libre. Pues, como dijo un día Chateaubriand, “son el resultado de mi cambiante fortuna, de la incoherencia de mi suerte. Sus tempestades no me han dejado a menudo más mesa para escribir que la roca contra la cual naufragaba”.





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El eco del paria

Hace ya mucho de esta historia. Demasiado quizá para poner nombre al protagonista, ahora que han pasado tantos meses como años. Tanto, que en la mirada arrugada por el desgarro del tiempo ya no asoma ápice de inocencia; mas en él no existe atisbo de olvido ni rémora de conciencia. Cambió, eso es todo.

La huella del neumático recuerda cuando apenas era un joven imberbe de casco en mano y mochila al hombro, en el que en uno de sus viajes y quiebros del Destino fue a dar con el misterio de las relaciones humanas, con la gran aventura que supone parar la moto y decir aquí estoy. Era época de grandes ideales, de —ahora fútiles— esperanzas, cuando bregaba denodadamente convencido del provecho de la palabra y el artículo, cuando en fin, era un idealista. Pensaba de tal modo nuestro personaje que, al fijar la vista en un cabello cobrizo, no hizo más que plantar el sello de otra cicatriz más sobre el lomo. La miraba de lejos en primera instancia, observando como ordenaba sus cosas en el bolso o encendía un cigarrillo sentada al sol, mirando al infinito tras un baño en el río. La imaginaba guardiana de inhóspitos mundos interiores, de crueles dolencias y sutiles vivencias. Se convirtió para él en un reto, un enigma por resolver. ¿Qué escondía esa enigmática y circunspecta mirada, en ocasiones posada sobre él?

Pasó el tiempo y entre viaje y viaje la vio crecer, a la par que él también lo hacía. La muchacha continuaría orillada en aquel río. Cada vez que nuestro héroe visitara la ciudad no podría evitar hacer una visita a donde ella siempre había estado para, de lejos, analizar sus movimientos y escuchar su risa. Se sentía adalid de dos Destinos entrelazados pero nunca unidos.

Leyó, viajó, adquirió experiencias e ideas y perdió otras, conoció terceras orillas del río. Pasados los años y detenido nuevamente sobre la moto, volvió a ver brillar el cabello reflejado en la visera del sempiterno casco. El viejo amigo oculto tras la oscura fachada de un desconocido. Pero ahora todo era diferente. Resultaba imposible buscar en ella a la muchacha de cabello cobrizo. Era irreconocible en su totalidad. Al crecer y madurar, las ilusiones se diluyen en la praxis del ensueño, y él ahora no veía más que una pesadilla abrumadora y violenta en la que —de cuando en cuando, al volver a verla— se adentraba tratando de seguir teniéndola en el olimpo de lo imposible. Todo eso había terminado, ya no quedaban pedestales en los que encaramar su sonrisa. Perdió la inocencia. Tampoco él reconocía al hombre que tras la visera miraba sentado sobre la moto.

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Born to be wild

A lo lejos la moto espera entre brumas y silencio, relegada al polvoriento olvido. Sus cromados refulgen al sol con un deje de anacrónico pasado, como si sus destellos acompasados al movimiento del astro rey —el único viaje que hasta ahora conoce— marcaran al diapasón de los tiempos su existencia silenciosa.

Corre una ligera brisa vespertina. Viene del oeste, me pregunto qué vivencias, qué palabras, qué risas y qué silencios trae consigo flotando en la hipnosis del presente memorando. Las cigarras tocan a ceremonia, hace calor. Entro en la característica duermevela —cuasi olvidada— de quien se aproxima a un momento decisivo. Todo parece deslizarse despacio, ralentizado al son del crujir de las piedras del camino, y al llegar a mi destino, esa nueva compañera de doble ventrículo que es la chopper se torna magnánima, casi inocente y virginal.

Deslizo los dedos por su lomo de metal y se dibujan sobre ella mis primeras caricias. La siento delicada, mas su inocente y pacífico aspecto evidencian lo equivocado de tales aseveraciones. En verdad es bella.

Es al introducir la llave cuando revive en mí un pasaje olvidado de la humanidad, el famoso Carpe diem, o el nómada espíritu. Cada clic de la cerradura aumenta las pulsaciones, y un torrente de adrenalina se desborda por mi interior, estremeciéndose. Ha llegado el momento de dar vida al alma de Noa. Dos intentos bastan para atronar conciencias apoltronadas en su conformismo; todo vibra, suena, quema. El viento de poniente ahora azota enfurecido como enojado por esta súbita alteración en su discurrir, y el todo vuélvese ocre. Me ajusto las gafas de sol, ahora no viajará sola aquella enigmática y cegadora luz.

La primera engrana con una sonora coz y todo parece dar vueltas. El faro alumbra el oscuro infinito de la incertidumbre y el valor de los hechos se abre paso. Miro al horizonte y me pregunto, qué nos aguarda, y quién de nosotros volverá algún día para contar que una tarde en mitad de ninguna parte, la razón daba paso a la intuición, mientras la locura y la cordura se abrazaron en la inhóspita aventura de la búsqueda del yo…



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Aprender, aunque sea para olvidar

Nunca había conocido a una persona tan ingenua, tan confiada, tan ignorante de las fuerzas oscuras que obraban en el mundo. Unas veces, se preguntaba si no era simplemente estúpida. Otras veces, parecía estar poseída de una sabiduría singular, refinada. Y en algunas ocasiones, cuando se volvía a mirarlo con aquella expresión intensa y obstinada en los ojos, Héctor creía que se le iba a romper el corazón. En eso consistió la paradoja del año que pasó en Spokane. Nora le hacía la vida intolerable, y sin embargo ella era lo único por lo que vivía, el único motivo por el que no había hecho la maleta para largarse.

No habría sido tan terrible si ella no le hubiera gustado tanto, si una parte de él no se hubiera enamorado de ella el primer día que la vio. Y sin embargo siguió acudiendo a su casa todos los martes y jueves por la noche, muriendo un poco cada vez que ella se sentaba a su lado en el sofá y recostaba su cuerpo de veintidós años en los cojines de terciopelo color vino. Qué fácil habría sido extender el brazo, acariciarle la nuca, cogerla del hombro, volverse, y besarle las pecas de la cara.

Pero sabía que por mucho tiempo que pasara con ella, estaría siempre solo cuando estuvieran juntos.

(P.A.)

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Regreso al futuro


Voy a acabar emigrando. Para qué seguir, si mis hermanos —los que me rodean— día sí, día también continúan echándose encima las sillas de un pasado que se niegan a aparcar. Un pasado, unos tiempos, situaciones y conflictos que no vivieron, pero de los cuales son tan ilustrados y están tan instruidos que podrían rajar de ellos setenta y dos horas de corrido —en la hora setenta y tres tomarían la salida para embarcarse hacia la próxima tertulia de sabios—.

Como el otro día, no hace mucho, en la que un diputado, según la ley de Memoria Histórica de 2007, proponía cambiar el nombre de la base Alfonso XIII de Melilla por —según su inestimable juicio, sapiencia y buen hacer— “exaltar el franquismo”. Ole. Qué a gusto se quedaría su ilustrísima. El Gobierno respondió que, “aunque se han tomado muchas medidas acordes con lo establecido en esa ley, la figura de Alfonso XIII no está incluida en ella, puesto que el abuelo del actual monarca dejó de reinar en España con la proclamación de la II República, que fue anterior a la Guerra Civil y a la dictadura del general Franco”. Y aquí no pasa nada. El amigo diputado callose y siguió a lo suyo.

Voy preparando el petate.

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La inocencia


Estimado Sr. Reverte, ¿recuerda usted el momento exacto en que perdió la inocencia en su mirada? Gracias.

Lo recuerdo porque escribí un reportaje sobre eso. Fue el 4 de abril de 1977, en Eritrea, cuando amigos míos a los que admiraba violaron, mataron y saquearon. La pérdida de inocencia se debió a que ni siquiera en esas circunstancias pude dejar de considerarlos amigos míos. Ese día aprendí que lo de los malos y los buenos es un cuento de hadas, y que el ser humano es un individuo complejo, capaz de lo mejor y de lo peor.

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El vuelo del fénix

Me siento en medio de la vorágine, completamente ajeno al revuelo de mi alrededor. Ha anochecido y las tiendas de campaña crecen cuales setas en un campo de cemento, siendo único testigo un olivo de cobre. Lo miro a lo lejos, a sus pies —camufladas entre las losetas de granito—, planchas de acero moldeadas con restos de basura, teclados de ordenador e insignias de marcas de automóviles. Paisaje urbano. Triste metáfora de la vida solidificada de sus habitantes.

Chillidos histéricos de quinceañeras obsesionadas. Esperan desde hace una semana —desafiando al viento, la lluvia y el frío— el concierto de su grupo favorito. Modas impuestas y diversión planificada. No tengo claro qué es lo mejor. A un lado los artificiales gustos musicales, al otro, su entretenimiento. Se trata de un debate personal, es posible que sin estas distracciones su vida fuera demasiado gris. Sin embargo, en mi fuero interno imagino otro tipo de plaza, más luminosa, más verde, más humana, menos dirigida… y menos controlada, en donde cada cual tuviera menos condicionantes diseñados para dirigir nuestros gustos de quita y pon; unas necesidades lisiadas —cojean, nunca una vez satisfechas permiten volar plenamente, son hijas bastardas del yo—.

A la luz de la menguante la cerilla ilumina el rostro de este quien escribe, prendiendo el último cigarrillo de la noche. Miro hacia arriba descubriendo algo ya intuido, una cámara me observa pasivamente, con el pálido reflejo de las imágenes procesadas por el ordenador. Y las dudas —una vez más— redoblan su tamborilear en mi corazón: Dentro de lo malo, quizá sea bueno distraer las mentes pero, manteniéndolas ocupadas, tampoco se pueden permitir el lujo de detenerse a cuestionar el por qué de la necesidad de alejarse de la rutina.

Levanto la vista y comienzo a pasear por la plaza de Felipe II de Madrid. Posado sobre nuestro árbol se encuentra un pájaro de colores vivos, que al poco remonta el vuelo perdiéndose tras el relumbre anaranjado de las farolas. Echa a volar tal si se tratase de un fénix renaciendo de sus cenizas color cobre, como una alegoría en la cual se nos enseña mediante guiños que la vida, la pasión, y la naturaleza, están por encima de cualquier obstáculo que el hombre-hormiga trate de interponer entre lo urbano… y lo socialmente humano.

Unos pocos metros más adelante observo otro mensaje inscrito en el pavimento. Reza: “Éste es tu destino”.

¿De veras?

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Un contrato conformista

Seis de la mañana, hace una mañana preciosa. Como todos los días te levantas y preparas para la rutina, coincidente en fondo y forma con la de la mayoría de personas. Una vida imbuida en convenciones y en constante trajín.

Al nacer, nos dan la bienvenida una serie de normas y costumbres comúnmente denominadas “sistema”. Ese sistema, ese conglomerado de ideas, creencias y leyes inmutables nos acompañan y orientan en una sola dirección, la productividad. Se trata de un contrato que escribimos con nuestro día a día, y que rubricamos con el miedo a tratar de cambiarlo.

Somos nosotros los que mantenemos este sistema, cumpliendo un contrato que jamás nos hemos parado a pensar o que, de haberlo hecho, probablemente sólo nos haya reportado dudas y cuestiones que nos parecen lejanas, como una nube a la que solo podemos mirar y no alcanzar, o que de hacerlo, se esfuma ante nuestras narices. Craso error.

Tan solo hay que ponerse en pie… y ser valiente.

En líneas generales éste es el contenido:

— Yo acepto la búsqueda del confort como el fin supremo de la humanidad, y la acumulación de riquezas como el mayor logro de mi vida. Cuanto más infeliz sea, más consumiré, y así contribuiré al buen funcionamiento del sistema.

— Yo acepto que la investigación relacionada con mi salud esté en manos de empresas cuya única motivación es generar beneficios.
No me preocupa que las farmacéuticas financien los congresos de medicina y que controlen así la información que les llega a mis médicos.

— Yo acepto dejar mi salario a los bancos para que ellos lo inviertan en aquellas actividades que más dinero generen, independientemente de su moralidad o de su impacto ambiental.

— Yo acepto que las autoridades guarden todos los datos sobre mí que tengan. Confío en ellos y no me importa llevar DNI con microchip, ni dar mi huella ocular al entrar en otro país, ni tener que enseñar el contenido de mi ordenador en aeropuertos.

— Yo acepto los paraísos fiscales para que ricos y delincuentes no paguen los impuestos que yo sí pago.

— Yo acepto que los bancos internacionales presten mi dinero a países que quieren armarse para ir a la guerra, y que puedan elegir dónde se libran las mismas. Soy consciente de que lo mejor es financiar a ambos bandos para que el conflicto dure el mayor tiempo posible, no sólo para ganar más dinero sino para que luego puedan hacerse con sus recursos cuando no puedan devolver los créditos.

— Yo acepto que la publicidad me cuente mentiras y que me haga desear cosas, que cuando consigo, me aportan poco.

— Yo acepto que el poder esté en manos de las personas más ambiciosas y con menos escrúpulos.

— Yo acepto que los partidos políticos aglutinen a lo peor del país y que cada 4 años me cuenten lo que saben que quiero oír para llegar al poder.

— Yo acepto que los medios de comunicación estén concentrados en las manos de grandes poderes económicos, puesto que sé que harán un buen uso de ellos. Acepto creerme sólo lo que los medios dicen y pensar que lo que se dice fuera de ellos son bulos para gente inculta y crédula. Yo acepto esta matriz en la que me han colocado para que no pueda ver la realidad de las cosas. Sé que lo hacen por mi bien.

— Yo acepto que las noticias recopilen lo peor que ha pasado en el planeta ese día, para que me sienta impotente y piense que no hay nada que hacer. Sé que alimentar el miedo, la rabia y la desesperación es lo mejor que pueden hacer por nosotros porque creer que se puede cambiar algo es peligroso.

— Yo acepto las versiones de los acontecimientos que me dan los medios y apoyo todas las divisiones entre seres humanos que me quieran contar los gobiernos. De esta forma podré focalizar mi cólera hacia los enemigos diseñados por ellos, y no me opondré a acciones bélicas que respondan a intereses político-económicos.

— Yo acepto que se condene a muerte al prójimo, y se nos aliente a acabar con él, siempre que su gobierno haya sido declarado por el nuestro como su enemigo.

— Yo acepto que se desechen toneladas de comida para que no bajen los precios internacionales. Me parece mejor que ofrecérsela a los miles de personas que mueren de hambre cada año.

— Yo acepto que la libertad es tener dinero para poder satisfacer todos mis deseos.

— Yo acepto que se hagan guerras por motivaciones económicas como el petróleo, reactivar la economía o dar salida a los stocks de armas obsoletas. Hay que hacer lo que sea para mantener el sistema en marcha, porque es sin duda el mejor de los posibles.

— Yo acepto comer carne bovina tratada con hormonas sin que exista obligación legal de indicarlo en ninguna etiqueta. Yo acepto servir de cobaya y comer carne de animales engordados con piensos transgénicos, para comprobar si aparece alguna anomalía a largo plazo.

— Yo acepto pagar el precio más bajo posible por la carne de los animales que compro, por lo que me parece bien que los traten mal, con tal de abaratar su carne. Al fin y al cabo somos una especie superior.

— Yo acepto la política de «revolting doors» (puertas giratorias). Sé que los directivos de organismos internacionales como la OMS, la OIT, el FMI y el Banco Mundial son ex- empleados de grandes corporaciones, que saben que «portándose bien» volverán a esas corporaciones al año siguiente ganando cantidades astronómicas.

— Yo acepto la hegemonía del petróleo en la economía, a pesar de ser una energía costosa y contaminante, y estoy de acuerdo en impedir cualquier tentativa de sustitución, puesto que la implantación de los métodos de energía libre —ya descubiertos y silenciados— sería una catástrofe para el sistema.

— Yo acepto que el valor de una persona dependa de su capacidad para generar dinero y de si aparece o no en público. Tomaré como mis referentes personales las personas que aparecen en la televisión, e intentaré ser como ellos.

— Yo acepto que se paguen fortunas a jugadores de fútbol y a actores, para convertirlos en nuestros modelos a imitar. Me parece totalmente lógico que se pague muy poco a los profesores que se encargan de formar a las generaciones futuras.

— Yo acepto que los mayores sean considerados un estorbo y no sean nunca nuestro modelo, puesto que como civilización más avanzada del planeta —y del universo, ya que es imposible que existan más— sabemos que la experiencia no tiene ningún valor.

— Yo acepto la competencia como base de nuestro sistema, aun cuando soy consciente de que este funcionamiento engendra frustración y cólera para la mayoría. Sustituir la competencia por la colaboración sería un error.

— Yo acepto usar aquello más valioso que tengo —mi tiempo— en hacer un trabajo que no me gusta, para poder comprar muchas cosas con las que evadirme de la vida tan vacía que llevo.

— Yo acepto la destrucción de los bosques y la desaparición de especies naturales.

— Aunque nuestra historia está plagada de conspiraciones políticas y políticos ambiciosos, yo acepto que ahora todo ha cambiado y que nuestros dirigentes sólo buscan nuestro bien. Las organizaciones secretas de políticos y grandes magnates como el club Bilderberg, la Trilateral o el Comité de los 300 no existen.

— Yo acepto que el sistema actual es el mejor de los posibles. Se ha pasado la época de los grandes ideales. En el mundo deben mandar las personas sensatas y realistas que cuidan por mantener el sistema. Tengo miedo de que las cosas cambien porque los soñadores sólo traen problemas e inestabilidad.

— Yo acepto esta situación y admito que ni yo ni nadie puede hacer nada para cambiarla.

— Yo acepto no hacer preguntas, cerrar los ojos a esto y no oponerme a nada.

— Yo acepto ser una pieza de un sistema, adaptarme a él y enseñar a mis hijos a adaptarse a él. Mi prioridad es mantenerme en el sistema y nunca me cuestionaré si me permite o no ser feliz.


Nosotros mantenemos lo anterior. Cada uno de nosotros tenemos el poder de cambiar las cosas. Uno a uno, podemos detenernos en esta carrera hacia el sinsentido de una humanidad sin humanos, sino de máquinas sumisas, y replantearnos siquiera un segundo si somos felices, si hay algo de lo que nos rodea que valga la pena, o si por el contrario, lo externo no es más que una fachada bien labrada y de aspecto bonito.


Una mente abierta puede cambiar el mundo.


—Gracias en especial a Vik—

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El universo conocido

¿Tú qué opinas?


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Reivindica lo simple

Las últimas motas de luz escapan por el patio. Todo oscurece y fluye hacia la penumbra. Noche de locos, mundo real, sociedad cansada, ultrajada por los tiempos del qué dirán y por la retorcida maquinaria comercial.

Así estamos, no hay más. A veces me pregunto qué es lo que sacamos en claro de todo esto, unos cuantos placeres diluidos en la rutina, y vuelta a empezar. No hay manera, supongo que debe ser así, y aunque es bello vivir en una urbe cosmopolita y moderna, a veces dejamos escapar de entre nuestras trajinosas manos cosas tan simples como, por ejemplo, el olor a tierra mojada, el roce de la arena entre nuestros dedos, o el milagro de la sonrisa del niño que ve partir hacia los cielos al pajarillo que persigue.

Es mucho más sencillo de lo que aparenta, tan solo basta con detenerse y mirar la gastada suela de nuestros zapatos.

Lo más grande… en lo más pequeño.

Por eso reivindica lo simple.

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Eventualidad

Pues eso. Que estoy hasta la gola. Escribir es llorar, y salir es escapar, es romper los grilletes para fluir en ríos de pensamientos que, como en una pesadilla abrumadora y violenta, sólo revierten en taciturnas soledades.

Conduzco durante tres horas sin rumbo, evocando recuerdos y vivencias pasadas, visitando antiguos parajes que quedaron marcados de una u otra manera en la retina, y aún así, ahora que he vuelto tras cientos de kilómetros, sigo preguntándome ¿qué estoy haciendo con mi vida? Solitaria y silenciosa es la respuesta a dichas cavilaciones.

La única verdad es que todo es mentira, porque al cambio, la transgresión y la libertad se contraponen la monotonía, el conformismo, y la subyugación del yo en aras de la masa, solapamiento de un futuro inalcanzable y utópico que nos pierde en nuestro ahora.

Pronto el orto alumbrará este páramo anidado solo por los cuervos y los zorros.

Vivo con esa esperanza.

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